jueves, 16 de octubre de 2008

Belgiumkend

Viernes, 15 horas aproximadamente, tomo el colectivo que me dejara en La Panne, primer pueblo de Belgica donde hay una estacion de tren. Llego luego de unos 50 minutos, veo que sale un tren en ese mismo instante, y me dirijo a la entrada de la estacion. "Es Bélgica, todos entienden francés, me dije". Sí, todos entienden francés, pero en las regiones flamencas, todos se hacen los boludos cuando hablás en francés. Los funcionarios públicos tienen prohibido hablar francés, cosa que yo no sabía antes de intentar comprar mi ticket. Luego de luchar contra el maldito vendedor, para que me dijera el precio y me vendiera el ticket, salgo y encuentro con sorpresa un cartel que indica que sale un tren por hora, asi que una hora mas de espera en el anden, con una viejita simpatica que me cuenta toda esta historia de los valones y los flamencos. Las dos horas de viaje se pasan bastante rápido, llego a la estación, y luego de varias llamadas, mensajes, y desencuentros, vuelvo a ver a Maëlle (bastante distina a la que tenía 19 años). Llegamos a su casa, dejamos las cosas, le entrego los correspondientes presentes (una caja de Cabshas y un libro de Quiroga), y nos dirijimos a la casa de su amigo Michael (no estoy seguro de que se escriba asi, pero bueno), quien hiper amablemente nos prepara un plato tipico de Estrasburgo, su ciudad. Con la panza ya llena, y después de bastante charla (sobre todo entre ellos, a mi me costaba seguirlos), nos vamos para el centro, la plaza donde todos se reunen, donde estan los edificios mas importantes, y la mayor cantidad de restaurants y bares, repletos de gente y de cerveza. Delirium, con sus 2004 variedades es el elegido para tomar una copa, que no dura más de 40 minutos. Volvemos a tomar el subte (el mas caro que encontre hasta ahora), y nos separamos para ir cada cual a su lugar.
El sabado por la mañana, después de darse cuenta de que el despertador sonó unas 4 o 5 veces, Malou se despierta y desayunamos, nos duchamos, y vamos a Carrefour a hacer las compras. A la noche habrá una raclette, plato típico francés que involucra fiambres, papa y quesos fundidos. Volvemos a casa, dejamos las cosas, y salimos de nuevo para el centro, para comer un cono de papas, visitar la Galería Real con sus negocios opulentos y una iglesia, ir a la oficina de turismo en busca de información sobre cosas para hacer, ver al Meneken Pis y comer unos waffles. Por la tarde vamos a la exposicion del libro que nos indicaron en la oficina de turismo (previa vista del Atomium), pero oh! sorpresa, todo está en flamenco, excepto algunos pocos libros en francés y en inglés, asi que luego de una recorrida, nos vamos a visitar otro barrio de comercios sobre todo africanos. La niña quería comprar una tela para hacer una pollera, y nobleza obliga, me paseé durante una hora o más para que no comprara absolutamente nada. Vamos a visitar otro barrio más, muy coqueto y con un mirador que permite contemplar gran parte de la ciudad, a pesar de la neblina. Ya extremadamente cansados de caminar, volvemos para hacer la raclette, con la que nos llenamos los estómagos casi hasta reventar. El cansancio no impide que veamos Nueve Reinas (con subtitulos en francés, claro está), y ahora sí, a dormir.
El domingo empieza el día en el mercado, donde hay que ir a comprar frutas y verduras. Sin embargo, este es tan grande que se pueden encontrar cosas tan diversas como electrodomésticos, ropa, golosinas, pan, ropa de cama, etc. Castañas de cajú y unos huevos de chocolate -tipo kinder pero rellenos y mas ricos y adictivos- mediante, nos volvemos para casa. No falta mucho tiempo para volverme a casa, y Malou no se siente del todo bien, asi que descansamos un poco, y como el día era espléndido, vamos a dar una vuelta por el parque enoooorme que hay a sólo 500 metros de su casa (bueno, quizas un poco más), volvemos, y ya es tiempo de ir yendo a la estación, no sin antes dar una vuelta por por el centro ycomer último waffle del finde. El tren se retrasa, pero bueno, me despido de Maëlle, quizás hasta la próxima (todavía me debe la invitación a Cholet), y sigo esperando solo el tren. Debido al retraso, corro el riesgo de no poder tomarme el último colectivo del fin de semana que llega a Dunkerque, lo que habría implicado esperar en la puta estación flamenca hasta el lunes a las 7. Mis nervios se acrecientan a medida que el tren va llegando, pero finalmente llego dos minutos antes de la salida del micro, y llego a casita a tiempo, alrededor de las 10 de la noche.
El lunes empiezan algunas de mis clases, con Silvia, que es española, y con Marga, la casi facha, no sin antes almorzar en el comedor escolar con Nathalie y Anita, las otras asistentes, que me comentan por qué no pudieron ir a Bruselas, tal y como esperaban.

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