lunes, 24 de noviembre de 2008

"Back oum"

Llegué a la estación de trenes unos 10' minutos antes de salir, y el viaje duró unas 4 horas, espera en Paris incluida. Si alguien me preguntara a dónde fui el viernes 14, yo diría "A casa". Es verdad, no es mi casa, pero la forma en que fui recibido desde la primera vez en el 33 de la Rue Louis Lumière de Sainte-Savine creó en mí esa ilusión, la de estar en mi casa, al menos en Francia. De no ser porque sería demasiado invasivo, y porque uno de mis propósitos acá es viajar, iría todos los fines de semana. Tan bien me siento con los Dumez, que si los conociera solamente a ellos, no podría decir que los franceses son tipos antipáticos y secos (el resto no se me enoje, obvio que si tengo amigos franceses es porque no son antipáticos, todo lo contrario). En fin, adulaciones y críticas de lado, el viernes a la noche estaba de vuelta en Troyes, sólo una hora antes de que llegara Bertrand, que se la pasó todo el finde entre monografías, malestar estomacal y chagrin d'amour. Esa noche no hicimos demasiado, por no decir que sólo cenamos (obviamente charlando y con una sobremesa importante), y nos acostamos.
El sábado a la mañana fui con Robert a aprovechar de los magasins d'usines para comprarme un jean que reemplazara (o quizás no) al que se me había roto. La compra fue rápida a pesar de su consejo de no comprar lo primero que viera sólo porque era barato (no puedo evitarlo, odio comprar ropa, necesito urgente una novia que se encargue de eso), así que nos pusimos a pasear un rato por los negocios y charlando de todo un poco. Volvimos a la hora que habíamos acordado para almorzar, comimos (esta vez con vino y queso incluidos), hicimos una no muy larga digestión, y fuimos con Robert y Violaine a Provins, un pueblo medieval que está a una hora de Troyes. El camino no es tan lindo cuando se acerca el invierno, los campos están completamente desnudos y los animales ya están guardados, pero la ciudad sí que valió la pena, a pesar de no haber estado más de unas tres o cuatro horas debido a que ya oscurece demasiado temprano para mi gusto. Un antiguo mercado bastante concurrido y rico, Provins no es más que un pueblito turístico lleno de casitas viejas y construcciones que tienen más de 500 años, incluida una ciudad subterránea. Llegamos a entrar solamente a la Grange aux Dîmes, pero recorrimos la mayor parte del sector antiguo, tomamos un chocolate caliente en un café, y de vuelta a casa para cenar. Si mal no recuerdo, comimos restos de las comidas anteriores, otra vez con vino y queso por suerte, y después de que Bertrand se fuera a una crémaillère y Robert a dormir, nos quedamos viendo "La Vida es Bella" con Violaine. Luego de ello fuime a acostar, a mí también me había agotado el día. Hecho curioso: cuando le dije a Violaine lo que me había costado el jean, sacó todo lo que no tiene de yiddishe mamme para decir "por ese precio te tendrías que haber comprado dos". Esta gente no puede evitar hacerme senti como en mi casa.
El domingo, a excepción de la ida de shopping, no fue muy diferente al sábado. Desayuno con croissants y pains au chocolat que había comprado Robert en la panadería un rato antes, después descanso hasta la hora de almorzar, una pequeña sobremesa y salimos para el centro de la ciudad, a pasear por esas calles torcidas con casas, en muchos casos torcidas, que no podemos encontrar en nuestro querido país. A pesar de que conocía ya una parte de la ciudad, llegamos hasta otros sectores que para mí eran absolutamente nuevos, y otros que tal vez ya había explorado, pero de los que no tenía recuredos. Volvimos alrededor de las 6 de la tarde, cuando la noche ya todo lo invadía, y mientras se hacía ( o Violaine hacía) la comida, Robert me invitaba a zambullirme en el vicio del Sudoku. Sirvió para olvidarme por un rato que, contra todos mis pronósticos, el primer tren que salía desde Lille hacia Dunkerque estaba programado para las 12.30, con lo cual mi llegada a horario al colegio peligraba. Después de cenar (con las mismas características que las comidas anteriores), la hora a la que teníamos que despertarnos al día siguiente nos mandó a todos derecho a la cama. La tristeza por la proximidad de la partida empezaba a hacerse manifiesta, pero el sueño pudo más.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Reencuentros cercanos del 3er tipo

El lunes siguiente fue uno de los peores días desde que empecé a dar clases. Quizás era por la proximidad del feriado del armisticio de 1918, quizás porque sobreestimé a los pibes, lo cierto es que fueron dos horas de clase absolutamente improductivas, en las que casi no pude hacer nada de lo que tenía planeado. Por suerte pasó bastante rápido, y a las 5 de la tarde ya era un ser libre para disfrutar de mi feriado largo, puesto que el miércoles no tenía que dar clases. El martes también sería un día especial, porque volvería a ver a Ariane después de casi 2 años (el tiempo pasa volando, es algo increíble). Creo que esa noche salimos a tomar algo, pero ahora no puedo recordarlo con facilidad.
Al día siguiente me levanté relativamente temprano para ser un feriado. Tenía que llegar a Lille Europe antes que Ariane, para poder llevarla a la casa de Julia, así que tomé el tren, hice la combinación que requería mi viaje (en la que creí haber visto a Yolanda, la otra asistente de español de la zona), y llegué con tiempo suficiente para esperar a ese ser que tantos momentos de alegría y bronca me hizo pasar en tan sólo 7 meses. Creo que no conozco a alguien tan desbolado y desorganizado como Ariane, pero al mismo tiempo es eso lo que la hace tan querible, don't ask why. Si no lo hubiera sabido desde el principio, habría dicho es latinoamericana antes que francesa, es la primer persona que conozco que creo que no pertenece a su país. Es más probable encontrarse a Ariane en América del Sur que en Francia, lo cual me hace bastante feliz, aumenta las chances de que vuelva a Argentina. En fin, previa pasada por el baño de la estación (en el que tuve que depositar 50 centavos), y contra todo pronóstico, la muchacha en cuestión llegó a la hora y lugar convenidos de antemano! La misma persona a la que había despedido un año y medio atrás en Baires, pero ahora hablando un perfecto francés en lugar de un improvisado (pero muy mejorado) español. Caminamos durante unos 15 o 20 minutos mientras charlamos un poco sobre sendas vidas, hasta llegar a destino.
Ya en la casa de Julia, nos deshicimos de nuestras mochilas (la de ella bastante más grande que la mía debido a que estaba haciendo su "tour de France" visitando amigos), y nos sentamos a desayunar, mientras seguimos charlando de todo un poco, ahora con la obvia compañía de Julia y Benjamin. Estuvimos así alrededor de una hora y media, hasta que decidimos salir con la intención de mostrarle la ciudad a Ariane. Caminamos un poco por la Grand Place, fuimos a la Vieille Bourse, el Vieux Lille, y allí mismo nos agarró el hambre. Buscamos un Estaminet para comer, pero todos los supuestamente buenos estaban completos, una ingenuidad nuestra el pensar que un día feriado un restaurant tan chiquito podría tener lugares libres. Terminamos en Les 3 Brasseurs, un lugar típico de la región, pero no tanto, donde probamos los dos algunos de los platos típicos de la región: Welsh, Potjeveelsch (o algo así), papas fritas y cerveza.
Ariane se encaprichó (no sabemos bien por qué) con fideos a la cassonade (y no carbonara, como debía ser), así que fuimos a Carrefour a comprar los ingredientes necesarios, y finalmente al departamento, donde nos quedamos haciendo la digestión mientras charlábamos, hasta el momento en que había que empezar a cocinar la cena (cosa que yo, obviamente, no hice). En el medio cayó una amiga de Ariane, directo desde Paris, que vino durante sólo un par de horas, y se fue antes de cenar. La comida quedó un poco pasada, pero para nada incomible, sobre todo en estos momentos un tanto pobres de mi vida. De postre hubo After Eight de Inglaterra y un Papá Noel de chocolate cortesía de nuestra invitada (yo ya soy casi inquilino en casa de Julia, no me considero un invitado). Después de la modorra que sigue a una cena, juntamos fuerzas para ir a tomar algo al Biplan, un bar del Wazeemes donde tocaban música.....bohemia, digamos. Habremos estado ahí durante dos horas más o menos, el ambiente era muy bueno, pero no había lugar para sentarse, así que nos volvimos para el depto y cada uno a su cuarto. Ariane tenía la intención de quedarse hablando conmigo antes de irnos a dormir, pero no pude aguantar todo el tiempo que estuvo hablando con su novio hondureño y me quedé dormido antes de que volviera.
Al día siguiente nos levantamos todos temprano, desayunamos con relativa tranquilidad, Ariane se fue alrededor de las 8, y yo una hora más tarde, pues a pesar de no tener curso, preferí volver a descansar a mi habitación, que casi no pisaba desde antes de la Tousaint. Creo haber estado encerrado casi todo el día descansando (excepto en las horas de comer), hacía dos que dormía poco.
El jueves fue un día bastante tranquilo. Desde la mañana estuve en el collège presentándome frente a los alumnos de Morgane, muchos de los cuales eran bastante curiosos y hacían preguntas fuera de lo común, lo que hizo más entretenidas las clases. Estar ahí es bastante simpático cuando los chicos colaboran participando en las clases, y Morgane siempre me propone cosas para hacer con la gente del collège, parece hacer bastantes esfuerzos (para ser francesa), para integrarme y que no la pase tan mal acá. A la tarde volví al liceo y me puse a preparar algunas de las actividades que haría el día siguiente con los chicos, y no recuerdo mucho más de lo que sucedió ese día. Realmente quería que llegara el viernes.
A la mañana del viernes fui al liceo con mi mejor onda, sólo para encontrarme con 7 pendejos que no dijeron ni "mu" durante una hora. Fue realmente desesperante, quería irme y dejarlos solos encerrados en el aula. Supuestamente podían hacer la actividad que había preparado, pero no sé si el desgano, el bajo nivel, o qué los mantuvo callados durante toda la hora, a pesar de mis amenazas. Por suerte la hora siguiente fue un poco mejor, con un grupo al que no había tenido oportunidad de ver casi nunca, pero que fue bastante cooperativo. Esperé a que se hicieran las 12 para encontrarme con Nathalie, dejar mi ropa a lavar e ir a almorzar al comedor. Grande fue mi sorpresa al ver que para el almuerzo había........morcilla!! No sé cómo sucedió, pero en ese momento ni me puse a pensar qué clase de mente brillante había decidido preparar eso, sólo me abalancé y agarré una para volver a probar uno de esos deliciosos manjares a los que nuestra querida cocina nos tiene acostumbrados. Debo reconocer que el gusto no tenía nada que ver al de nuestra morcilla, pero zafaba, y yo era feliz ante la mirada atónita del resto de los comensales, pocos de los cuales habían elegido eso como plato principal de su almuerzo. Terminada la comida, fui a buscar la ropa lavada, la colgué apresuradamente en mi balconcito, y me fui derecho a la estación de trenes, mis ganas de llegar a destino eran ya inmensas incluso antes de partir.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Vuelvo al sur

El sábado alrededor de las 6 de la mañana nos levantamos los tres (Julia, Benjamin y yo), para ir al aeropuerto. Podriamos haber salido una hora más tarde, de no ser porque hay un micro por hora y porque se suponía que yo debía hacer el check-in 40 minutos antes del vuelo (cortesía de la gente del SCAC que nos había prohibido terminantemente usar el pasaporte comunitario durante nuestro viaje). En fin, nos comimos alrededor de 40 minutos de espera hasta que despegó el "avion" de Ryanair con destino a Marsella. Digo "avión" porque más bien es un colectivo con alas, o tal vez hasta más incómodo, pero para una hora y media de viaje está bien... Aterrizamos y nos dispusimos a esperar al amigo de Benjamin que vendría a buscarnos al aeropuerto para llevarnos a la ciudad, y allí empezar nuestro recorrido. A todo esto, Manon sigue sin responder los mensajes que le mando.
Luego de alrededor de 30 minutos de espera, el amigo de Benjamin (que se había quedado dormido) viene a buscarnos y vamos (previa parada en su casa) al centro de la ciudad. Marsella no tiene nada que ver con el norte, lo cual está bien porque está en el extremo sur de Francia. Todo es absolutamente distinto, la arquitectura, la gente que se cuenta de a miles y camina por cualquier lado (probablemente el alto flujo de argentinos del día haya potenciado eso), el tráfico con incontables autos, muchos de los cuales estacionan donde se les antoja, el clima, con unos 5 o 6 grados más que en el norte, lo que hace que pase la mayor parte del día en remera; en fin, lo más parecido a Buenos Aires que vi en Francia desde que llegé (creo que incluso más que París).
Pasamos por la enorme estación de trenes, y caminamos todo a lo largo de un boulevard cuyo nombre no recuerdo para llegar hasta una parte del puerto, donde todavía quedan algunos vendedores de pescado fresco, y buscamos un restaurant para almorzar algo (algo de pescado, obviamente). A todo esto, recibo la primer respuesta de Manon, que está enferma y no tiene pesnado salir de su casa, una lástimo, pero otra vez será. Julia y el amigo de Benjamin se animan a una bouillabaisse (el plato típico de la región), pero yo voy por algo más tradicional por mi poco apego al pescado. El almuerzo no resulta del todo barato, pero bueno, no muchas veces volveremos a Marsella. Más tarde continuamos caminando y llegamos hasta Notre Dame de la Garde, una iglesia inmensa y en uno de los lugares más altos de la ciudad, lo que nos permite tener una vista panorámica de la misma. Como en muchas ciudades francesas, los edificios altos son escasos, y el paisaje es dominado por casitas de no más de dos pisos (de ahí los enormes problemas habitacionales de este país). Bajamos y volvemos de a poco al puerto, por donde caminamos y nos ponemos a escuchar a una banda que está tocando en una plazoleta al costado del mar. Nos instalamos en un bar que argumenta su falta de waffles y crêpes en el hecho de que están por cerrar, aunque pasamos ahí alrededor de dos horas, antes de movernos a Quick para cenar algo antes del partido. De haber sabido que al costado de la cancha, los puestitos de choripán y paty serían reemplazados por negocios de sandwiches y kebabs (en lugar de por nada, como era mi idea), no habría cenado absolutamente nada.
Ya el subte parece un hormiguero de gente, obviamente el 90% de los cuales sólo lo tomaba para ir al estadio, aunque todo en un clima bastante tranquilo, obviamente sin un solo insulto ni hecho violento (algo bastante común en el rugby, y más raro aún en Francia). Buscamos la puerta, la encontramos, pasamos los controles, buscamos nuestros asientos, y a esperar. Adentro es igual que afuera, todo con bastante calma a excepción de algunos gritos a los jugadores cuando pasan, alguna ola, etc. La falta de una tribuna enteramente argentina y los estrictos controles impiden cualquier "desbande", como ser estar parado o acercarse al alambrado, lo que transforma un partido poco interesante en uno aún menos interesante, que terminamos perdiendo 12 a 6 sin que se haya realizado un solo try de ninguno de los dos lados, y en el que los dos equipos cometieron bastantes errores. De todas formas, ir a la cancha siempre es una experiencia satisfactoria, así que valió la pena.
Al finalizar el partido, volvemos hacia el estacionamiento donde habíamos dejado el auto. Yo estoy fulminado del cansancio, así que hago incontables intentos por mantenerme despierto, pero no lo logro. Cuando vuelvo a abrir los ojos, estamos en Aix-en-Provence, estacionando el auto para buscar un bar donde tomar algo nuevamente. Aix no parece ser tan grande, pero el hecho de poseer Universidades le da bastante movimiento a la noche, hasta no muy tarde claro. Los bares serán una decena, pero están llenos, así que tardamos un poco hasta encontrar algo. Cualquier ingesta de bebida alcohólica me habría tumbado inmediatamente en el suelo, así que decido no tomar nada y esperar a que los otros terminen, mientras miro la goleada del Barcelona contra un equipo del que ahora no tengo recuerdo. Salimos, y esta vez nos dirigimos al aeropuerto, nos despedimos del amigo de Benjamin, y entramos a la terminal. El único problema es que son las 2 de la mañana, y el vuelo no sale sino hasta las 6.40. Nos tiramos en unos asientos y nos disponemos a dormir.
Unas horas más tarde me despierto y, viendo la hora, aprovecho para ir a hacer el check-in del vuelo, dado que ya falta solamente una hora para salir. A pesar de haber avisado a Benjamin de esto, probablemente por razones lingüísticas, no me entiende nada y, luego de mi trámite tengo que avisarles nuevamente que vengan porque ya falta poco para embarcar. El vuelo de vuelta es bastante similar al de ida, aunque en este el cansancio es mayor, así que la incomodidad no es un impedimento para dormir un rato. Llegamos a tiempo (8 y media de la mañana), y ahora es la mamá de Benjamin la que tiene que venir a buscarnos, por lo que esperamos unos 20 minutos hasta que hace acto de presencia. Nos lleva hasta la casa de Julia, subimos, agarro mis petates, y me marcho nuevamente en dirección a la estación de trenes para volver a casa. Una vez en Dunkerque, el resto de la jornada transcurre prácticamente entre sueños, y es así como se va un fin de semana más en mi vida en el Nord-Pas de Calais.

lunes, 17 de noviembre de 2008

This is the life post-holidays

El miércoles seguía de vacaciones, pero ahora en casucha, sin hacer gran cosa, esperando que Virginie me llamara como habíamos acordado para ir a comer a su casa y conocer a su familia, cosa que nunca sucedió. Ya caida la tarde/noche, voy al depto de las chicas para lavar mi ropa y ver como pasaron su estadia en Paris, pero solo me encuentro con Anita, que esta un poco enferma y prepara las clases para el dia siguiente. No estuvieron mucho tiempo, pero como no conocían, obviamente les impactó la ciudad. Nathalie se habia ido a Nantes y volvía esa misma noche, cosa que sucedió justo cuando estaba por irme. Estaba desastrosamente enferma, pero al menos la había pasado bien. Vuelvo a mi depto y me acuesto, porque al día siguiente las clases empiezan en el collège.
El jueves me levanto temprano para ir a Coudekerque-Branche. Me encuentro con Morgane, hablamos un ratito, y empezamos el curso, otra vez presentación. Lo peor viene a la tarde, cuando Evelyne (la otra profesora) cae sólo cinco minutos antes de empezar las clases y me tira un par de hojas con los ejercicios que tengo que hacer con los chicos, a pesar de que antes de las vacaciones me había dicho que yo debia preparar algo respetando ciertas pausas. Fue desastroso, lo peor de todo lo que me habia tocado hasta el momento, dos horas en las que hubiera preferido desaparecer de la faz de la tierra, o al menos de ese colegio. Era como hablar frente a los muros, cualquiera que hubiera visto desde afuera la clase habria pensado que yo era un loco que le hablaba a marionetas. Me fui con una bronca incalculable hacia el liceo, donde pude descargarla con algunas profesoras que, por suerte, entendieron cómo me sentía. No dejé de hacer catarsis con toda persona que se me cruzó durante el resto del día, que por suerte terminó relativamente rápido.
El viernes tuve clase por la mañana temprano, desde las 8 hasta las 11, por suerte con una inesperada pausa a las 9 debido a un examen común de inglés, almorcé a las 12.30 como de costumbre (esta vez solo, porque Nathalie estaba enferma), y me fui a tomar el tren hacia Lille, donde tenía que hacer tiempo hasta las 18.30, hora en que Julia volvía a su casa. Recorrí un par de negocios, encontré la rue Massena, la "rue de soif" como llaman los franceses a las calles de la ciudad que tienen varios bares (obviamente en ese momento todos cerrados), y luego el grito de la naturaleza me obligó a tocar el timbre en casa de Julia apenas 5 minutos antes de la hora planeada. Pour suerte ya había llegado y pude hacer uso de su baño, que en ese momento se transformó en el más cómodo del planeta. Nos quedamos charlando un rato, comimos una cena bastante austera, pero a tono con nuestro nivel de hambre (sin contar los After Eight como regalo de Inglaterra que abrimos), y luego de una ducha me zambullí en la cama para descansar, el día siguiente sería bastante agitado.

domingo, 16 de noviembre de 2008

In the end

Me quede en el domingo 2 de noviembre (y estamos a 16, asi que todavia me quedan 15 de relato), día en que salimos alrededor del mediodía para ver el British Museum, como siempre bastante mas sobrio que el Louvre, pero probablemente con muchisimos más objetos robados que su par francés. La Piedra Roseta, los frisos del Partenón, medio templo asirio, entre otras cosas. La buena noticia (al menos para los londinenses y quienes tenemos la oportunidad de viajar) es que la entrada es gratuita, lo cual alivia un poco el bolsillo. Salimos un par de horas más tarde, y nos dirijimos (previo almuerzo en una plazoleta con sandwiches que preparamos a base de pan, queso y fiambres comprados en un supermercadito indio) hacia Saint Paul's, una iglesia inmensa y super bien decorada, aunque con entrada paga, lo que nos desalienta a recorrerla. Una caminata por afuera, un par de fotos, y seguimos viaje hacia London Tower, con pocas expectativas de entrar debido a su precio, que estimamos alto. Al llegar, no nos equivocamos, y las 12£ que hay que pagar para ver el lugar desde adentro nos alejan a gran velocidad, y de todas formas, ya falta poco para que cierre. Nos quedamos sentados en uno de los bancos que circundan el lugar, viendo a la gente pasar (algunos visiblemente argentinos), y posteriormente nos vamos cada uno a su casa, no sin antes fijar una hora y lugar de reunión para el día siguiente (9.30 en Westminster Bridge).
Durante el viaje de vuelta intento repetidas veces comunicarme con Dani para saludarla en su fiesta, puesto que papá había hecho todos los malabares necesarios para que el teléfono funcione correctamente. Sólo pude lograrlo una vez en la casa de los tíos de Diego, así que quedé bien por poco dinero al hablar con ella y desearle un feliz final de fiesta. Se produce la segunda cena decente desde que llegamos a Inglaterra, con lasagna y restos de la vez pasada, de lo mejor que comimos en el viaje. Luego de eso, un poco de lectura y a la cama para estar listo temprano al día siguiente.
El lunes Dolores nos lleva hasta la estación (David tenía que esperar al gasista y encima empezaba a enfermarse), luego de depositar a Ema en su escuela, puesto que las clases se reanudaban después de una semana de receso. Tomamos el tren, luego el subte, y llegamos (milagrosamente a tiempo) al punto de reunión acordado. Esta vez es Martín el que llega tarde, para vengarse de los anteriores 4 días, y otra no le quedaba, pues este es el último para él. Intentamos entrar al parlamento, pero no hay mucho para ver hasta las 2 de la tarde, donde todo lo que podemos hacer es asistir a la sesión, rodeamos el edificio para verlo con más detalle, y cruzamos hacia Westminster Abbey, lugar que teníamos bastantes ganas de ver, hasta que nos topamos con el cartel de precios y....9£, salvo que uno entre a rezar. No, gracias. Vamos ahora hacia Chelsea, un barrio muy bienudo, donde se encuentra también el hospital militar, inmenso y super bien cuidado. Caminando nos topamos con una callecita donde las casas están pintadas cada una de un color distinto, como en La Boca, pero con bastante más plata. "Una foto, esto amerita una foto". Apenas terminamos de sacarla, una vieja de lo menos simpática que tiene Londres sale de su casa para rajarnos a patadas por "violar la propiedad privada". Seguimos caminando prácticamente sin rumbo y nos topamos con el museo de historia natural, al que decidimos entrar por su gratuidad y nos sorprendemos al ver que era mejor de lo que esperábamos (y que de hecho deberíamos haber ido ahí en lugar del museo de ciencias), así que nos quedamos ahí alrededor de una hora, aunque sin recorrer demasiado porque el cansancio ya se había apoderado de nosotros. Buscamos un lugar para almorzar y nos topamos con Pizza Hut, que ofrece pizza, pasta y ensalada libre por 6£, que hicimos valer durante una hora y media fácilmente. Salimos, damos un par de vueltitas y terminamos en Kensington Gardens, con poca luz, niebla y lluvia, lo que nos impide ver bastantes de las cosas que allí se encuentran, básicamente lugares a los que aparentemente le gustaba ir a Diana antes de darse un tortazo en París. Salimos de los jardines y vamos caminando por una calle bastante paqueta, con una galería aún más paqueta, y finalmente terminamos en Picadilly Circus, visitando negocios un poco más acordes a nuestros bolsillos, entre los que se encontraba una casa de deportes que hacía interesantes rebajas, y donde pude comprar la camiseta de Inglaterra por sólo 4,5£ (o sea, por media entrada a Westminster Abbey), pasado lo cual nos despedimos de Martín, quien tiene que ir a Victoria Coach Station, y nos dirijimos de vuelta a casa. Una cena que no recuerdo bien de qué se componía, ducha, ordenamiento de todas las cosas, y a la cama.
Al día siguiente salimos bastante tarde (yo con todos mis bártulos), para ir hacia Notting Hill en colectivo y experimentar el viaje en un doble piso londinense (de los nuevos, porque de los viejos sólo quedan dos o tres). El primer colectivo que queríamos tomar no aparece nunca, así que tomamos otro, pero el tráfico hace imposible la circulación. Nos bajamos, y yo ya tengo que enfilar hacia la estación para volver a mis pagos. Me despido de Diego, le dejo algo de plata para que compre un presente a sus tíos, y camino un poco antes de tomarme el subte hacia la estación, donde hago el check-in y, en lugar de esperar plácidamente los 40 o 50 minutos que faltaban para que mi micro saliera, decido ir a comprar algunos víveres para el viaje, ir al correo a dejar una postal, y comprarme un souvenir de Inglaterra, lo cual consume alrededor del 90% de mi tiempo. Hago algo que intenta ser un pique de vuelta hasta la estación antes de que el micro salga sin mí, y llego a tiempo para salir. El viaje de vuelta no es mucho más cómodo (pero sí más corto) que el de ida, pero se hace relativamente llevadero con el libro que me había llevado, la comida y una siesta. Llego a Lille quince minutos antes de lo planeado, y voy hacia la estación a tomar el tren, para lo cual veo que tengo que esperar unos 50 minutos. Aprovecho para pasar por lo de Julia y terminar de arreglar la salida del fin de semana a Marsella, pero no contesta mi mensaje, nunca baja, y ya es tiempo de irme de nuevo para la estación. El no compostar deliberadamente mi billete casi me cuesta 25€ de multa, pero haciéndome el boludo logro no pagarlos, y llego tranquilamente a Dunkerque cerca de la medianoche. Debo ser la única persona en la calle en toda la ciudad, pero poco me preocupa a esta altura. Llego, me ducho, y me acuesto a dormir.

lunes, 10 de noviembre de 2008

First train to Woking

Dia dos DL, nos levantamos, desayunamos y vamos (arrimo de Dolores hasta la estación) hacia el museo de ciencias, que si bien es muy grande y tiene un poco de todo, resulta menos interesante e interactivo de lo que pensaba. Al mediodía salimos y almorzamos el picnic que la tía de Diego nos obligó a llevar, para luego ir caminando hacia Camdem Town. Pasamos por el lujoso Harrods, el inmenso Hyde Park, con ardillitas y todo, luego nos perdemos un poco, pero llegamos a Regent's Park, y finalmente Camdem Town, ese enorme mercado (en parte quemado actualmente) al estilo La Salada pero con la onda y los precios de Londres. Puede conseguirse de todo, desde ropa vieja hasta ropa militar, y hay locales de comida de casi cualquier tipo (obviamente con la ausencia de la parrilla argentina), pero todo cierra temprano, como en cualquier lugar de Inglaterra, asi que ahora tomamos el subte para ir al edificio OXO, donde supuestamente puede ingresarse a un mirador gratuito y bastante alto, que resulta no serlo tanto. Luego de unos minutos de ver lo que se puede de la ciudad desde allí, caminamos por el borde del Támesis hasta London Tower, pasando por London Bridge donde vemos que está por empezar una fiesta bastante importante: claro, es Halloween y la gente (algunos) se pasea por las calles disfrazada cual película yanqui. Llegamos recagados de frío y hambre, asi que de inmediato buscamos la manera de entrar a un restaurant, o algo así, pero todo parece cerrado en la city. Por suerte encontramos un local como el del mediodía anterior, pero con algo más de lugar y venta de pizzas, así que entre los tres nos clavamos dos grandes y seguimos caminando, otra vez hacia London Bridge, donde ahora vemos a la gente entrando disfrazada a la fiesta, pero la larga cola y el costo de la entrada (10£) nos hicieron quedarnos solamente con la imagen de las chicas con disfraces sugestivos. Tomamos otro subte hasta Covent Gardens, donde vemos un cartel en un boliche que nos engaña por unos minutos al creer que decía entrada gratis desde las 22, cuando en realidad era hasta las 22, así que seguimos buscando dónde pasar toda la noche. Nos ofrecen entrar a un lugar por 5£, pero hasta las 3. El problema es que todo cierra a las 3, asi que nos encontramos sin opción alguna y decidimos entrar, después veremos que hacemos. En la entrada nos dicen que son 10£, así que tenemos que discutir un poco para que nos cobren el precio acordado afuera.
Entramos, compramos unas cervezas y dejamos nuestras cosas en una mesa, siempre mirándolas casi tanto como a las chicas que van pasando, pero que no hacen más que eso, pasar....Martín se vuelve a su casa alrededor de la 1 de la mañana, pero Diego y yo tenemos que volver a la casa de sus tíos más tarde para no despertarlos, así que nos quedamos hasta las 3, cuando la gente sale y el lugar, como todos los demás, cierra, y nos vamos para la estación de trenes, que también está cerrada. Por suerte la abren poco tiempo después, y el primer tren nos deposita en Woking. El problema ahora es que estamos lejos, y el colectivo no empieza su servicio sino hasta las 7 y media. Para matar el tiempo, estar calentitos y cómodos se nos ocurre la genial idea de tomar un tren hacia Londres, y luego volver una vez más, con lo que se cumplen las horas necesarias para que el colectivo empiece a funcionar.
Nos encontramos con que el bondi nunca aparece. Después de varios minutos de cagarnos de frío en la parada, decido caminar para ver si no hay alguna otra, y la encuentro unos 15 minutos más tarde, exactamente del otro lado de la estación de trenes. Afortunadamente no tuvimos que esperarlo mucho, pero si tuvimos que pagar bastante (2£ por un viaje de 15 minutos). Lo que aún no sé si fue debido al cansancio o qué, fue que nos pasamos de la parada en la que debíamos bajarnos, cosa de la que nos percatamos cuando el colectivo empezó a hacer el mismo camino de la ida, pero esta vez para volver hacia la estación (el recorrido era de unos 20 minutos, casi todas las calles son doble mano y hay una sola cabecera), así que tuvimos que bajarnos y empezar a caminar tratando de encontrar la casa, cosa que no fue muy facil. Terminamos llegando alrededor de las 9 de la mañana a la casa, donde Dolores y David nos reciben con un desayuno.
Luego de eso, me desplomo en la cama y no me levanto hasta las 3 de la tarde. Estoy solo (los demás habían salido a pasear por los pueblos de alrededor), así que me comio el sandwich y la banana que me habían dejado preparado en la mesa, me pego una ducha, y me acuesto nuevamente hasta que llegan (alrededor de las 6), no mucho antes de que también aparezcan el hermano de David con su esposa (italiana del norte ella) e hijo, con quienes comemos comida de verdad después de mucho tiempo. La charla se hace larga, pero de todas formas a las 11 ya se van y otra vez a la cama, un poco menos extenuado, pero todavía con el cansancio de la noche anterior.

London calling

Londres, jueves 30 de octubre a las 7 de la mañana, aproximadamente. Llegamos a Victoria Coach Station, donde nos espera Martín, amigo de Diego que viene de Leuven (Bélgica) para pasar el fin de semana. Vamos a un shopping a hacer tiempo hasta que abra la oficina de turismo para buscar información y también podamos llamar a los tíos de Diego para ver cuádo podemos ir a su casa a dejar las cosas. Caminamos luego de un tiempo de espera hacia Picadilly Circus, pasando por Buckingham Palace, a donde regresaríamos una hora después para ver el cambio de guardia. Al menos por fuera, no parece nada fastuoso, bastante sobrio (aunque imponente), como muchos de los edificios de la ciudad. Imposible no compararla con su archienemiga del otro lado de La Mancha: Paris es la ciudad luz, con todos sus edificios fastuosos y antiguos, Londres es más bien sobria y austera arquitectónicamente, pero con un mejor manejo del contraste entre edificios nuevos y antiguos (algo que no logra París, cosa que queda claro con sólo ver Montparnasse), a pesar de lo cual nunca vi tanto lujo como en las calles londinenses y el sinfín de Audis, BMWs, Mercedes, pero también Aston Martins, Bentleys, Jaguars, Maseratis y Ferraris que por ellas circulan, y sus negocios, cuyo estandarte es claramente Harrods.
En turismo no encontramos grandes cosas, pero sí algunas guías y mapas. Volvemos al palacio, (pasando antes por Trafalgar Square y la National Art Gallery) que ahora está repleto de gente para ver el espectáculo del cambio de guardia, y también de policías alertando de la presencia de ladrones, que también deben haber sido varios. Contra todos mis pronósticos, el mismo duró más de una hora, e incluyó un pequeño concierto de la banda real. Terminado el show, vamos en busca de un lugar para comer y descansar (mis hombros estaban ya deshechos por cargar la mochila), antes de tomarnos el tren que nos dejaría en Woking, lugar de residencia de los tíos de Diego. Encontramos un Fast Food de Pollo, con poco lugar, pero el hambre pudo más y ahí nos quedamos a almorzar. Luego de ello, nos separamos, no sin antes arreglar un reencuentro para la tarde, y vamos Diego y yo a Waterloo para tomar el tren. Grande fue nuestra sorpresa al enterarnos de que un viaje individual entre Londres y Woking cuesta 8 libras, y 12 la ida y vuelta. Haciendo cuentas nos avivamos que es más barato comprar un pase combinado de tren y metro por 7 días por la módica suma de 72£. Partimos en un tren un tanto mas lento pero un poco más cómodo que los de Francia, y en 30 minutos estamos en Woking, donde Dolores y su hija Ema nos esperan en el auto para acercarnos a su casa. Dejamos las cosas y descansamos un rato mientras charlamos con la tía de Diego, que es muy simpática y buena onda. Hacia la nochecita volvemos a salir para encontrarnos con el Mercha (llegando bastante tarde debido a un desperfecto en el tren, la imagen más cercana a la Argentina que me dio Londres) y pasear por Regent's Street cual niñas viendo vidrieras y llegar a Covent Gardens, que tampoco son gran cosa, pero bueno, es como el punto mas "festivo" de Londres. Quedarnos a pasar la noche nos da un poco de miedo porque no tenemos nada preparado, asi que no bien encontramos un McDonald's nos metemos a cenar, y luego cada uno a su casa, nosotros llegando una hora más tarde a la estación, donde esta vez nos esperaba David, el tío de Diego (que es inglés, o sea que en realidad es Deivid).

jueves, 6 de noviembre de 2008

En el reino del revés

Hace mucho que no escribo y tengo mucho por contar, asi que lo haré en dos partes: AL (Antes de Londres) y DL (Después de Londres). Obviamente el título hace referencia a la anticuada y contrera forma de manejar de los ingleses. Están tan al tanto de que van a contramano del planeta, que en las calles de Londres hay carteles diciendo "Mire a la derecha" o "Mire a la izquierda", para prevenir al ciudadano común de un país normal.
El viernes por la mañana fueron las últimas clases antes de las vacaciones. Empezaron bien, a pesar de que eran las 8 de la matina, el grupo era muy bueno. El problema llegó después, cuando me tocaron en las dos horas siguientes lo peor de lo peor del liceo, estos pibes dormían hasta a Nueva York. Por suerte fueron sólo dos horas, y a las 11 ya estaba libre de culpa y cargo. Almuerzo en el comedor del liceo, y a preparar las cosas para Inglaterra. Ya acercándose las 7 y media, salgo para la fiesta que me había propuesto Iris, pero a mitad de camino me llama para decirme que va a llegar tarde, asi que mejor que vaya a su casa. Llego y comemos ella, su pacsé (casi como marido) Noël, y un amigo estadounidense que está estudiando aquí (quién lo habrá mandado, pensaba yo). Salimos para la casa de su profesora, que nos recibe con los brazos abiertos en su garage enorme, tanto a nosotros como al resto de la gente que había ido (no demasiada, pero tampoco eran poquitos), aunque algunos ya se habían ido, solo 1 hora después de aquella en la que nos habían citado. Charlas fueron y vinieron, con Noël (un tipo muy copado), una mina (grande) que estuvo viviendo tres años en Argentina, y con otra asistente de escuela primaria, Hillary, de Estados Unidos. Alrededor de las 12 nos vamos cada uno a su casa, tengo que descansar antes de ir para Lille a tomar el mejor micro del mundo.
¿Dije mejor micro del mundo? Me quedo corto la verdad. Luego de llegar media hora temprano a la calle (si, calle, no estación ni nada) donde iba a parar el micro, me quedo esperándolo junto a otras personas durante un largo rato, hasta que por fin, media hora después de lo previsto llega el micro más incómodo en el que he hecho un viaje de larga distancia en mi vida, peor que un caraza, peor que el Gran Capitán, pero que todo lo conocido. Por suerte una hora y pico del viaje se hace en barco, una suerte de Buquebús un poco más grande y con un Free Shop un poco más caro que atraviesa el Canal de la Mancha y nos deposita en Dover. Aparentemente no les bastó con el control de aduana hecho en Francia (tanto por la policia francesa como la inglesa), en el que no tuve ningún problema al mostrar mi pasaporte italiano (a pesar de lo que nos dijeron los cerdos del SCAC), sino que también nos tuvieron una hora esperando en Dover a que revisaran las valijas. Luego de la espera me encuentro con Diego, quien será mi compañero de viaje por los próximos 10 días. Como él no encuentra su micro, se sube al mío y, dos horas y media más tarde de lo previsto, llegamos a Victoria Coach Station, en Londres. Una vez allí, vamos a buscar nuestros pases de micro a una cuadra del lugar, y pedimos un pasaje para Edimburgo, pero no hay más lugares. Totalmente inconscientes, pedimos un pasaje para el punto más al norte posible, y es así como a las 23 salimos para York.
York no podría habernos recibido de peor manera. A las tres y media de la mañana, con frío y lluvia, bajamos del incómodo micro a la estación de trenes. Buscamos algún mapa, pero dado que todo estaba cerrado, solo pudimos imprimir unos que estaban en unos puestos bastante útiles con internet y demás, pero no teníamos donde parar. Nuevamente la inconsciencia se adueña de nosotros y salimos a buscar un hostel, sólo para regresar a la estación media hora después y completamente empapados. Intentamos dormir en la helada estación, sin exito y desconociendo la existencia de una sala de espera, bastante más calentita que el resto de la estación. Cuando me avivo de ella, veo también que un micro sale a las 6 hacia Manchester, pasando por Leeds. "Excelente idea", pienso, y convenzo a Diego de ir. Nos colamos en el micro, y bajamos en Leeds, más precisamente en la estación de trenes. Tenemos que encontrar la estación de micros, que no está muy lejos, y allí esperar a que abra la ventanilla de National Express para comprar nuestro pasaje a Edimburgo, que sale a las 22.30 de allí. A eso de las 9 vamos a reservar el pasaje, pero nos dicen que no hay sistema, así que decidimos volver más tarde. Dejo mi mochila en un locker, previo pago de 3£ y vamos a la oficina de turismo y nos dicen qué cosas podemos visitar, así que vamos al museo de la ciudad, no muy grande, pero con bastantes cosas interesantes para ver (hasta una momia hay). Volvemos al mediodía a la oficina de micros, y grande fue nuestra sorpresa al enterarnos de que no había lugar para viajar a Edimburgo a la noche, así que reservamos para el día siguiente a las 12, y a buscar un hostel se ha dicho.
En la oficina de turismo nos dicen que no hay hostels en Leeds, cosa que nos pareció por demás extraña, pero sí había un hotel con habitaciones por 35£. Treinta y cinco libras entre dos eran 17,5£ por persona, nada mal para Inglaterra pensamos, así que nos dirigimos hacia Etap, cerca de la estación de micros. Dejamos nuestras cosas en una habitación modesta, pero con lo necesario para subsistir, y nos fuimos al museo de armaduras de la ciudad, también bastante grande y con muchas cosas para ver. Volvemos, ducha y a comer se ha dicho. Comer bien y barato en Inglaterra es toda una aventura que no estuvimos dispuestos a emprender, así que fue la primera de varias comidas en Mc Donald's. No mucho mas tarde volvemos al hotel y a dormir se ha dicho.
Al día siguiente (lunes) nos levantamos llenos de energías y con ganas de probar el desayuno All You Can Eat del hotel por solo 2,95£. Particularmente pasé una hora desayunando café, cereales, jugo de manzana, tres croissants y tres panes tostados, si mal no recuerdo. Teníamos que hacer tiempo hasta el mediodía, así que fuimos a dar vueltas por el mercado, en donde se consigue de todo, desde pescado hasta zapatillas y desbloqueos de celulares. Compro un par de cosas para el viaje, y a partir se ha dicho. Fue toda una jornada en micro, con un par de paradas intermedias que lo hicieron más largo aún, y llegamos a Edimburgo el lunes a la noche. A pesar de lo que yo creía, en el Reino Unido se maneja demasiado mal, y los peatones suelen sufrirlo teniendo que cruzar la calle a las apuradas porque el auto (que obviamente viene del lugar menos pensado) no frena, o a uno se le ocurre en el medio de la calle girar en U (cosa que está, aparendemente, permitida).
Conseguir un hostel podría haber sido una odisea, de no ser porque en el primer lugar al que fuimos (que estaba completo), pudimos buscar otros lugares para ir. Nos costó, pero luego de unos 15 minutos y 70 escalones, llegamos al Princess Hostel, que nos hospedó durante dos noches por la módica suma de 22£. Dejamos nuestras cosas en un cuarto con 12 camas, y nos fuimos a revisar los mails, momento en el que descubro que hay arroz gratis en la cocina, lo que se transforma en nuestra cena. Estando allí conocemos a Oscar, un argentino que acaba de llegar para buscar trabajo y aprender inglés, y está parando en el hostel hasta que encuentre un departamento. Los tres salimos a buscar un pub lindo para tomar una cerveza. No encontramos el más lindo de todos, pero el frio nos vence y entramos a uno cualquiera, tomamos unas cervezas (en realidad, ellos toman sidra porque torpemente se confunden), charlamos un rato y de vuelta al hostel a dormir.
El martes a la mañana aproveché una promoción del hostel para hacerme de un tradicional desayuno inglés (es decir, huevos, porotos, salchicha y panceta), y un café por tan sólo 2£. Posteriormente salimos con Diego hacia el lugar de donde partía el tour gratuito de Edimburgo (pasando antes por el Scott's Monument y por una plaza en donde tocaba un gaitero con pollerita y todo por unas monedas), a cargo de un español con bastante buena onda, pero menos que la que tenía el guía de París. Fueron unas tres horas de tour por la ciudad, contándonos bastantes historias de la misma, mostrándonos museos a los que podíamos ir gratuitamente, y demás cosas hermosas de la ciudad más hermosa del viaje. Al finalizar, la avaricia de los españoles quedó al descubierto. Al tiempo que nosotros (eramos 4 argentinos: Diego, Oscar, otro flaco cuyo nombre olvide y yo) queríamos dejarle jodidas 5£ cada uno, los gallegos no estaban dispuestos a dar más de 2,5£. Al final, dejamos 3,5 y quedamos como unos duques, jejeje. Luego de eso, fuimos a comer algo por la calle (es decir, un sandwich), y con Diego fuimos primero al castillo, al que nos dio cosita entrar por su costo (14£ con audioguia), y después al museo de Edimburgo, un lugar enoooorme y lleno de cosas que no pudimos terminar de ver, pues casi cierran con nosotros adentro. Una entrada a la biblioteca (tambien muy grande), y finalmente al super a comprar algo para cenar. Los supermercados en Gran Bretaña son heladeras gigantes: todo está congelado y listo para ser cocinado, no existen prácticamente los productos frescos, así que luego de mucho dudar, nos hicimos con unos paquetes de ravioles, una salsa, y de vuelta al hostel a cocinar, donde nos encontramos con Oscar, quien también pensaba comer eso en la cena, por lo que la misma se transformó en una charla de alrededor de dos horas de un poco de todo: política, deportes, interés general (o no tanto), etc., hasta que, agobiados, nos fuimos a dormir.
El miércoles a la noche salía nuestro micro a Londres, así que (previa compra en el super de pan y manteca para unas tostadas de desayuno), hicimos el check-out en el hostel, pero dejamos nuestras mochilas y nos dispusimos a caminar hacia el mar. Después de más de una hora logramos llegar, y el frío y la humedad nos obligaron a quedarnos bastante poco tiempo, el suficiente para unas fotos y luego otra caminata buscando el castillo, esta vez decididos a entrar. No recuerdo bien qué almorzamos, así que, o bien no lo hicimos, o bien fue un tradicional McDo o algo así. Llegamos, depostiamos las 14£, y empezamos c6n una recorrida que terminó sólo cuando estaban cerrando las puertas del mismo. Fueron alrededor de 3 horas caminando alrededor del mismo, viendo museo por museo (en uno de los cuales, nuestro querido país, en el cual peleó el ejército de dragones escoceses en la guerra de Malvinas fue caratulado como "América del Sur"), edificio por edificio, esuchando en cada momento el audioguía y aprovechando las panorámicas de la ciudad que la altura del castillo nos daba. Volvimos al pasando primero por Burger King (la traición a Mc Donald's nos costaría alrededor de 1£), descansamos un rato en la sala común, y partimos hacia la estació para tomar el micro, que esta vez salió a horario y, mala noche mediante, nos depositó nuevamente en Londres para pasar los últimos 5 días de nuestro viaje.