El sábado alrededor de las 6 de la mañana nos levantamos los tres (Julia, Benjamin y yo), para ir al aeropuerto. Podriamos haber salido una hora más tarde, de no ser porque hay un micro por hora y porque se suponía que yo debía hacer el check-in 40 minutos antes del vuelo (cortesía de la gente del SCAC que nos había prohibido terminantemente usar el pasaporte comunitario durante nuestro viaje). En fin, nos comimos alrededor de 40 minutos de espera hasta que despegó el "avion" de Ryanair con destino a Marsella. Digo "avión" porque más bien es un colectivo con alas, o tal vez hasta más incómodo, pero para una hora y media de viaje está bien... Aterrizamos y nos dispusimos a esperar al amigo de Benjamin que vendría a buscarnos al aeropuerto para llevarnos a la ciudad, y allí empezar nuestro recorrido. A todo esto, Manon sigue sin responder los mensajes que le mando.
Luego de alrededor de 30 minutos de espera, el amigo de Benjamin (que se había quedado dormido) viene a buscarnos y vamos (previa parada en su casa) al centro de la ciudad. Marsella no tiene nada que ver con el norte, lo cual está bien porque está en el extremo sur de Francia. Todo es absolutamente distinto, la arquitectura, la gente que se cuenta de a miles y camina por cualquier lado (probablemente el alto flujo de argentinos del día haya potenciado eso), el tráfico con incontables autos, muchos de los cuales estacionan donde se les antoja, el clima, con unos 5 o 6 grados más que en el norte, lo que hace que pase la mayor parte del día en remera; en fin, lo más parecido a Buenos Aires que vi en Francia desde que llegé (creo que incluso más que París).
Pasamos por la enorme estación de trenes, y caminamos todo a lo largo de un boulevard cuyo nombre no recuerdo para llegar hasta una parte del puerto, donde todavía quedan algunos vendedores de pescado fresco, y buscamos un restaurant para almorzar algo (algo de pescado, obviamente). A todo esto, recibo la primer respuesta de Manon, que está enferma y no tiene pesnado salir de su casa, una lástimo, pero otra vez será. Julia y el amigo de Benjamin se animan a una bouillabaisse (el plato típico de la región), pero yo voy por algo más tradicional por mi poco apego al pescado. El almuerzo no resulta del todo barato, pero bueno, no muchas veces volveremos a Marsella. Más tarde continuamos caminando y llegamos hasta Notre Dame de la Garde, una iglesia inmensa y en uno de los lugares más altos de la ciudad, lo que nos permite tener una vista panorámica de la misma. Como en muchas ciudades francesas, los edificios altos son escasos, y el paisaje es dominado por casitas de no más de dos pisos (de ahí los enormes problemas habitacionales de este país). Bajamos y volvemos de a poco al puerto, por donde caminamos y nos ponemos a escuchar a una banda que está tocando en una plazoleta al costado del mar. Nos instalamos en un bar que argumenta su falta de waffles y crêpes en el hecho de que están por cerrar, aunque pasamos ahí alrededor de dos horas, antes de movernos a Quick para cenar algo antes del partido. De haber sabido que al costado de la cancha, los puestitos de choripán y paty serían reemplazados por negocios de sandwiches y kebabs (en lugar de por nada, como era mi idea), no habría cenado absolutamente nada.
Ya el subte parece un hormiguero de gente, obviamente el 90% de los cuales sólo lo tomaba para ir al estadio, aunque todo en un clima bastante tranquilo, obviamente sin un solo insulto ni hecho violento (algo bastante común en el rugby, y más raro aún en Francia). Buscamos la puerta, la encontramos, pasamos los controles, buscamos nuestros asientos, y a esperar. Adentro es igual que afuera, todo con bastante calma a excepción de algunos gritos a los jugadores cuando pasan, alguna ola, etc. La falta de una tribuna enteramente argentina y los estrictos controles impiden cualquier "desbande", como ser estar parado o acercarse al alambrado, lo que transforma un partido poco interesante en uno aún menos interesante, que terminamos perdiendo 12 a 6 sin que se haya realizado un solo try de ninguno de los dos lados, y en el que los dos equipos cometieron bastantes errores. De todas formas, ir a la cancha siempre es una experiencia satisfactoria, así que valió la pena.
Al finalizar el partido, volvemos hacia el estacionamiento donde habíamos dejado el auto. Yo estoy fulminado del cansancio, así que hago incontables intentos por mantenerme despierto, pero no lo logro. Cuando vuelvo a abrir los ojos, estamos en Aix-en-Provence, estacionando el auto para buscar un bar donde tomar algo nuevamente. Aix no parece ser tan grande, pero el hecho de poseer Universidades le da bastante movimiento a la noche, hasta no muy tarde claro. Los bares serán una decena, pero están llenos, así que tardamos un poco hasta encontrar algo. Cualquier ingesta de bebida alcohólica me habría tumbado inmediatamente en el suelo, así que decido no tomar nada y esperar a que los otros terminen, mientras miro la goleada del Barcelona contra un equipo del que ahora no tengo recuerdo. Salimos, y esta vez nos dirigimos al aeropuerto, nos despedimos del amigo de Benjamin, y entramos a la terminal. El único problema es que son las 2 de la mañana, y el vuelo no sale sino hasta las 6.40. Nos tiramos en unos asientos y nos disponemos a dormir.
Unas horas más tarde me despierto y, viendo la hora, aprovecho para ir a hacer el check-in del vuelo, dado que ya falta solamente una hora para salir. A pesar de haber avisado a Benjamin de esto, probablemente por razones lingüísticas, no me entiende nada y, luego de mi trámite tengo que avisarles nuevamente que vengan porque ya falta poco para embarcar. El vuelo de vuelta es bastante similar al de ida, aunque en este el cansancio es mayor, así que la incomodidad no es un impedimento para dormir un rato. Llegamos a tiempo (8 y media de la mañana), y ahora es la mamá de Benjamin la que tiene que venir a buscarnos, por lo que esperamos unos 20 minutos hasta que hace acto de presencia. Nos lleva hasta la casa de Julia, subimos, agarro mis petates, y me marcho nuevamente en dirección a la estación de trenes para volver a casa. Una vez en Dunkerque, el resto de la jornada transcurre prácticamente entre sueños, y es así como se va un fin de semana más en mi vida en el Nord-Pas de Calais.
Hace 11 años

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