lunes, 24 de noviembre de 2008

"Back oum"

Llegué a la estación de trenes unos 10' minutos antes de salir, y el viaje duró unas 4 horas, espera en Paris incluida. Si alguien me preguntara a dónde fui el viernes 14, yo diría "A casa". Es verdad, no es mi casa, pero la forma en que fui recibido desde la primera vez en el 33 de la Rue Louis Lumière de Sainte-Savine creó en mí esa ilusión, la de estar en mi casa, al menos en Francia. De no ser porque sería demasiado invasivo, y porque uno de mis propósitos acá es viajar, iría todos los fines de semana. Tan bien me siento con los Dumez, que si los conociera solamente a ellos, no podría decir que los franceses son tipos antipáticos y secos (el resto no se me enoje, obvio que si tengo amigos franceses es porque no son antipáticos, todo lo contrario). En fin, adulaciones y críticas de lado, el viernes a la noche estaba de vuelta en Troyes, sólo una hora antes de que llegara Bertrand, que se la pasó todo el finde entre monografías, malestar estomacal y chagrin d'amour. Esa noche no hicimos demasiado, por no decir que sólo cenamos (obviamente charlando y con una sobremesa importante), y nos acostamos.
El sábado a la mañana fui con Robert a aprovechar de los magasins d'usines para comprarme un jean que reemplazara (o quizás no) al que se me había roto. La compra fue rápida a pesar de su consejo de no comprar lo primero que viera sólo porque era barato (no puedo evitarlo, odio comprar ropa, necesito urgente una novia que se encargue de eso), así que nos pusimos a pasear un rato por los negocios y charlando de todo un poco. Volvimos a la hora que habíamos acordado para almorzar, comimos (esta vez con vino y queso incluidos), hicimos una no muy larga digestión, y fuimos con Robert y Violaine a Provins, un pueblo medieval que está a una hora de Troyes. El camino no es tan lindo cuando se acerca el invierno, los campos están completamente desnudos y los animales ya están guardados, pero la ciudad sí que valió la pena, a pesar de no haber estado más de unas tres o cuatro horas debido a que ya oscurece demasiado temprano para mi gusto. Un antiguo mercado bastante concurrido y rico, Provins no es más que un pueblito turístico lleno de casitas viejas y construcciones que tienen más de 500 años, incluida una ciudad subterránea. Llegamos a entrar solamente a la Grange aux Dîmes, pero recorrimos la mayor parte del sector antiguo, tomamos un chocolate caliente en un café, y de vuelta a casa para cenar. Si mal no recuerdo, comimos restos de las comidas anteriores, otra vez con vino y queso por suerte, y después de que Bertrand se fuera a una crémaillère y Robert a dormir, nos quedamos viendo "La Vida es Bella" con Violaine. Luego de ello fuime a acostar, a mí también me había agotado el día. Hecho curioso: cuando le dije a Violaine lo que me había costado el jean, sacó todo lo que no tiene de yiddishe mamme para decir "por ese precio te tendrías que haber comprado dos". Esta gente no puede evitar hacerme senti como en mi casa.
El domingo, a excepción de la ida de shopping, no fue muy diferente al sábado. Desayuno con croissants y pains au chocolat que había comprado Robert en la panadería un rato antes, después descanso hasta la hora de almorzar, una pequeña sobremesa y salimos para el centro de la ciudad, a pasear por esas calles torcidas con casas, en muchos casos torcidas, que no podemos encontrar en nuestro querido país. A pesar de que conocía ya una parte de la ciudad, llegamos hasta otros sectores que para mí eran absolutamente nuevos, y otros que tal vez ya había explorado, pero de los que no tenía recuredos. Volvimos alrededor de las 6 de la tarde, cuando la noche ya todo lo invadía, y mientras se hacía ( o Violaine hacía) la comida, Robert me invitaba a zambullirme en el vicio del Sudoku. Sirvió para olvidarme por un rato que, contra todos mis pronósticos, el primer tren que salía desde Lille hacia Dunkerque estaba programado para las 12.30, con lo cual mi llegada a horario al colegio peligraba. Después de cenar (con las mismas características que las comidas anteriores), la hora a la que teníamos que despertarnos al día siguiente nos mandó a todos derecho a la cama. La tristeza por la proximidad de la partida empezaba a hacerse manifiesta, pero el sueño pudo más.

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