martes, 24 de marzo de 2009

Breizh y más.

Llegué a Rennes el martes poco después del mediodía. Ahí mismo, en la estación, me fueron a recibir Ezequiel y Silvia. Ezequiel es otro argentino, que vive en Jonzac, un pueblito de 2000 habitantes (según él) en la region de Poitou-Charentes. Como buen judío que es, piensa cinco veces antes de gastar un centavo más de lo mínimo indispensable, pero más allá de eso resultó un tipo genial. Silvia vive en Angoulème, en la misma región que Ezequiel pero en una ciudad bastante más grande. Es española (bah, vasca) y súper simpática, pero durante todo el viaje casi no hizo más que quejarse de los franceses en cada aspecto de su modo de vida, lo cual me hizo dar cuenta de lo insoportable que puede ser una persona que se vive quejando, como yo.
En fin, no bien llegamos fuimos para la casa de Marie, la CouchSurfer que los alojó las noches anteriores. Ella y su familia viven en una casa por demás rara, dado que tiene un templo budista en la parte de atrás, y que por eso queda abierta durante todo el dia!! Increíble pero real, llegamos y no había nadie, y entramos como panchos por nuestra casa, dejé mis cosas y volvimos a salir para visitar la biblioteca, donde se suponía que había una vista panorámica de la ciudad, que no resultó ser tan panorámica, o en todo caso no tan impresionante.
Caminamos un buen rato por la ciudad, visitando en forma bastante rápida los lugares más importantes. Como toda región de Francia, Bretagne tiene sus particularidades, tal vez más que otras: construcciones en piedra con paredes muy, muy gruesas, carteles en francés y bretón, creperies por todos lados, y un sentimiento nacionalista (bretón) apenas comparable al de Alsacia. Deambulamos hasta aproximadamente las 18, cuando fuimos al supermercado a comprar la comida y volvimos. En casa de Marie estaba su mamá, que nos recibió con una bebida artesanal bastante extraña (pero para nada fea) que probamos durante la cena (cosas congeladas con verduras congeladas).
Luego de una digestión más o menos prolongada salimos para encontrarnos con Marie en la "rue de la soif" de Rennes. Por empezar, como el colectivo iba a tardar demasiad y estaba lloviendo un poco, decidimos tomar el subte, peeero camino a la estación se empezó a largar con tutti, con lo que nos empapamos bastante. Al llegar, la "rue de la soif" parecía una "rue du sommeil" por la poca cantidad de gente que había, aunque dada la lluvia y que era martes, es algo entendible. Nos metimos bastante rápido en un bar y pedimos unas cervezas, hasta que finalmente apareció Marie, con parte de un boudín casero muy rico :-P. Nos quedamos charlando un rato más, hasta que nos pareció prudente salir. A Marie también le pareció que sería una buena idea hacernos un pequeño tour por los alrededores de noche, sobre todo dado que su auto estaba un poco lejos. El problema fue que en todo nuestro recorrido la lluvia no hizo más que aumentar, y llegamos al auto aproximadamente treinta minutos (o quizás más) empapados hasta el orto. Para colmo, los limpiaparabrisas no funcionaban bien, y eso obligó a Marie a salir del auto un par de veces.
Llegamos a la casa y entre el agua y el frío nos había agarrado tal sueño que no nos costó casi nada dormirnos.
A la mañana siguiente no nos levantamos sino hasta las diez, y para cuando ya nos habíamos duchado, no teníamos demasiado tiempo hasta que saliera el colectivo que nos dejaría en la estación para tomarnos el tren hasta Saint Malo, nuestro próximo destino. Mientras preparábamos el almuerzo llegó Marie, que había logrado salir antes del trabajo para despedirnos. Comimos con ella (quien realmente y a pesar de haberla visto un par de horas se portó de diez), limpiamos todo, agarramos nuestros petates y nos despedimos.
Tomamos el colectivo a tiempo, nos bajamos en la estación y esperamos a que fuera anunciado el andén de nuestro tren. Tuvimos alrededor de una hora y media de viaje hasta Saint Malo, donde no bien llegamos tuvimos unos 20 minutos de caminata hasta encontrar el hotel, debido a la falta de Couchsurfers en la ciudad.
Por suerte la habitación era bastante cómoda, no muy cara, y relativamente cerca del centro. Después de dejar nuestras cosas decidimos caminar por el centro histórico, para lo que preguntamos a la recepcionista por indicaciones. Afortunadamente nos dimos cuenta poco después de haber salido que la mina nos había dicho cualquiera, y un buen obrero de la construccioón nos puso de nuevo en camino. En el trayecto nos topamos con paisajes casi de película, una suerte de península a izquierda y a derecha, apenas opacado por el mal tiempo. Llegamos y pasamos primero por la oficina de turismo a por unos mapas, y luego entramos en lo que es la parte "antigua" de la ciudad, pues fue reconstruida después de la guerra manteniendo el estilo que tenía antes de ser destruida. Hubiera sido una caminata sumamente agradable por lo interesante del lugar, pero el hecho de que estuviera repleto de negocios y que hubiera empezado a llover y a haber un viento de puta madre amargó bastante nuestro paseo por las murallas. Al regresar, pasamos por la estación de trenes para ver cómo podíamos ir al Mont Saint Michel al día siguiente, y de paso buscamos un supermercado para comprar nuestra cena Y almuerzo del día siguiente: sandwiches de fiambre y queso, oficialmente declarada comida de los indigentes sudakas en Europa.
De vuelta en el hotel teníamos tan pocas ganas de movernos que apenas lo hicimos después de cenar. Después de decidir la mejor forma de ir a nuestra excursión del día siguiente, nos tiramos a ver la tele (pasaron Hairspray en francés, qué desastre!) y luego a dormir.
El jueves nos levantamos bien temprano a la mañana, nos alistamos y partimos hacia la estación de micros, pasando antes por nuestro nunca bien ponderado Lidl para comprar el desayuno y el almuerzo. Veinte minutos después estábamos partiendo rumbo a Pontorson, desde donde correspondía tomar otro micro, ahora sí, hasta el Mont Saint Michel.
El Mont Saint Michel (que queda en Normandie y no en Bretagne, ojo al piojo) es una postal hermosa. Una micro ciudad construida alrededor de una Abadía, toda en una península ínfima que queda el descubierto cuando hay marea baja, pero que se ve rodeada de agua con marea alta. Aquí una prueba de ello (ok, un poco escura, pero se capta la onda):

El problema del lugar es que por dentro, es un parque de atracciones para viejos: está compuesto casi exclusivamente de negocios de souvenirs, restaurants, hoteles y algún que otro museo, más la Abadía. Para peor, hay una densidad de turistas más alta que en la sala del Louvre donde se expone la Gioconda, sobre todo de japoneses, a los que hay que multiplicar por 1,5 por las dimensiones de sus cámaras de fotos super super. En fin, estuvimos aproximadamente 4 horas dando vueltas por el lugar, tanto por dentro como por fuera (es decir, rodeando la península caminando por la arena debido a la marea baja), hasta que se hizo la hora de tomar el bondi de vuelta. A eso de las 18 ya estábamos de vuelta en Saint Malo, camino al hotel, pasando por todas las pizzerias que se curzaban en nuestro trayecto para ver en dónde era más barato comprar nuestra cena. Nos decidimos finalmente por el gran Domino's, otro de los escasos reductos yanquis de Francia, donde la crisis ha provocado promociones de 2x1 en todas las pizzas, algo impensado en nuestra patria peronista. Luego de comer, la habitual fiaca nocturna nos condujo a un paulatino sueño.
El viernes por la mañana hicimos nuestras valijas para dejar todo preparado para la partida. Silvia tenía que ir a Rennes a buscar un abrigo que se había dejado olvidado, y nos reencontaríamos en el TGV hacia Le Mans, que hacía una parada en esa ciudad. Aclaro para que no me peguen, Le Mans queda en Pays de la Loire, no en Bretagne.
Ezequiel y yo, por nuestro lado, decidimos hacer una visita a aquellas partes de la ciudad que no habíamos podido ver. Dejamos las valijas en la recepción y salimos a disfrutar del primer día sin viento ni lluvia desde que me uní al equipo de asistentes.
Realmente Saint Malo es una ciudad muchas veces más linda que Dunkerque, no podría explicar cuánto mejor me hubiera sentido viviendo ahí, a pesar de que tiene conexión solamente con Rennes (eventualmente con Paris, pero son como 4 horas de viaje), que gira en torno a un puerto (como Dunkerque) y que llueve los 8 días de la semana (como en Dunkerque). Esto demuestra claramente que a pesar de todas las adversidades, uno puede hacer una linda ciudad (algo que NO pasa en Dunkerque). Un par de muestras de lo que digo:

Con Eze caminamos durante varias horas, llegando hasta un par de monumentos en honor a los combatientes de la Segunda Guerra. Cuando digo monumento me refiero a cualquier cosa que haya quedado en pie y tenga impactos de balas y todas esas cosas, a la que le pusieron una plaquita, pero la verdad es que está muy bueno. Acercándose el mediodía pegamos la vuelta para ir al comedor universitario y almorzar por la módica suma de 2,85€. Ok, el comedor estaba en la loma del orto y nos costó bastante llegar, pero posta que si hay algo que no existe más que en Francia (y que voy a extrañar tanto o más que el queso entre la comida y el postre) es el hecho de poder comer bien y barato, objetivamente (no me refiero a casos como el de Bolivia donde para nosotros es una ganga, pero para los bolivianos es como una semana de sueldo).
En fin, cuando terminamos de comer fuimos de regreso al hotel a buscar nuestros petates y enfilar para la estación de tren, no sin antes pasar por el Lidl que nos proveería la merienda a cambio de un par de euritos...Subimos al tren y esperamos pacientemente el momento de la partida. En el trayecto se nos unió Silvia, aunque tuvo que sentarse en otro vagón por tener un asiento distinto y ya estar lleno el nuestro. También en medio del viaje me llamó Estefanía, la rosarina que labura como asistente en Le Mans. Una copada mal, pero lo interesante fue el pedido de una señora paqueta (en inglés, porque siempre que no estés hablando francés para esta gente, estás hablando en inglés) de irme del vagón para hablar por teléfono.
Al llegar a "Le Mans" (los franceses me van a matar, en realidad debería haber dicho "Al Mans", pero suena tan feo que lo dejo como está), estuvimos a punto de tomarnos el tranvía cuando nos dimos cuenta de que estábamos a sólo 5 cuadras de la casa de nuestro CouchSurfer. Cuando llegamos, nos recibió Julien, junto con su novia Elise, pero además estaban Marion (una amiga de ellos), Priscilla (una CouchSurfer de Lille que se estaba yendo), y otra amiga más, cuyo nombre no recuerdo, pero que venía de Macedonia (seh, Macedonia, el mundo es una locura). No bien dejamos nuestras valijas nos sentamos a charlar con todos, mientras pasaban bandejas con Rillettes (la especialidad del lugar, pan con una pasta como de atún) y botellas de aperitivos. Luego vino una inesperada cena de carne con lentejas, y más vino y charlas a más no poder, y vino, y charla, y vino, y comida, y.......a las doce de la noche el cansancio nos había ganado a los newcomers, asi que nos fuimos a dormir.
El sábado nos levantamos a la mañana relativamente temprano. En realidad, no recuerdo mucho la sucesión de hechos de la mañana, lo cierto es que poco a poco se fueron yendo todos los que habían pasado la noche, y quedamos solamente los tres invitados con Julien y Elise. Por pedido nuestro, nos llevaron a ver el circuito donde se corren las 24 horas, al que por cierto nunca habían entrado. A excepción del mini-museo donde se exhiben un par de autos, la pista no tiene nada de especial cuando no se están corriendo las 24 horas, de hecho está prácticamente vacía. Por suerte, para animar un poco la visita, había una competencia de escarabajos, y un 500 nuevo infiltrado por ahí.
Una hora más tarde estábamos volviendo a la casa, sólo para tomarnos el tram hacia el centro de la ciudad. Le Mans tiene un centro comercial bastante lindo y vivo, con una plaza enorme (siempre de cemento, obviamente) pero muy linda, incluso con día nublado. Además, y como curiosidad, tiene placas por la calle con la forma de las manos de los ganadores de las 24 horas.
Después de tomar un café y comer un sanguche (si, me pintó decir "sanguche" y no sandwich), nos fuimos a recorrer el "Vieux Mans". Elise hizo estudios de traductora y trabaja para el estado, pero Julien trabaja relevando el patrimonio arquitectural del departamento (departamento como división administrativa), con lo que se conoce TODO lo que sea viejo y te cuenta cuándo se hizo, cómo se hizo, qué había antes, TODO, un fenómeno.
Estuvimos dando vueltas por ahí un par de horas, conociendo un poco de la historia de Le Mans (nuevamente, tendría que decir Del Mans, pero queda horrible) y sacándo(nos) fotos cual grupo de japoneses, hasta que decidimos entrar en un bar super extraño, decorado hiper finamente y lleno de fotos de Versailles, hasta el inodoro estaba hecho en forma de trono, una cosa increíble. Nos tomamos unas cheves y fuimos al super a comprar los ingredientes para las crèpes que comeríamos a la noche. En el medio invitamos a cenar también a Estefanía, para conocerla y sumar más argentinos al grupo, como si no bastara con dos. Llegó una hora más tarde, mientras yo robaba las fotos del viaje de todos y un poco de música francesa de la compu de Julien y Elise, y nomás entrar nos pusimos a charlar entre todos, excepto Julien que hizo nuevamente de chef y cocinó las crèpes, que por cierto salieron increíbles.
No se nos escapó prácticamente ningún tema en nuestra conversación nocturna acompañados de comida y vino, y eso es lo más increíble de CouchSurfing y la vida en Francia: el primero porque llegás a casa de un completo desconocido y automáticamente se vuelve tu amigo, no importa que sea la primera vez en tu vida que lo viste, no importa que el tipo/la mina ya te haya dejado dormir en su casa, no les basta con eso y mueren de ganas por saber tu vida y contarte la de ellos en el poco tiempo que tengas para charlar; en el segundo caso es porque estando rodeado de gente que habla otro idioma, encontrás hasta a un indigente que te pide una moneda en español y de inmediato se transforma en tu mejor amigo, y si tenés 10€ en la billetera, se los das porque habla español, aunque después te enteres que es un criminal de guerra nazi que casualmente nació y vivió sus primeros años en Haití antes de volver con su familia a Alemania. Cosas increíbles de este mundo que ya no me parece tan, tan grande.
Estuvimos dale que dale charlando hasta aproximadamente las 2 de la mañana (creo que un poco más también, pero mi memoria empieza a fallar), hasta poco después que Estefanía se despidió de nosotros y salió con sus amigas asistentes. Como mi tren partía a las 11 de la mañana del domingo, y tendría que levantarme más temprano de lo que el resto estaba dispuesto, realizamos las despedidas pertinentes y nos fuimos a acostar. Esta vez yo fui solo al cuarto del hijo de Julien, que la noche anterior habían usado el resto de los invitados, cosa que Ezequiel debe haber agradecido después de haber dormido en el mismo colchón durante unas tres noches.
Domingo a las 9 AM ya estaba arriba, duchándome y bajando a tomar un desayuno. Una hora más tarde baja Julien y nos sentamos a desayunar mientras conversamos un rato, hasta que se me hace la hora de ir. Me despido una vez más de él y voy hacia la estación, esta vez abajo de la lluvia, que nos había dado un respiro de dos días. Para mi desagradable sorpresa, el tren que tomaba a Paris no era un TGV, sino un TER que hacía trescientas ochenta y cinco mil paradas antes de llegar a Montparnasse. Por suerte contaba con mi amada compu y finalmente, después de tenerla ahi guardada durante meses, vi "Historias Minimas". Nada del otro mundo la verdad, yo también hago una peli así.
Al arribar a destino contaba todavía con una hora y pico antes de tomar el TGV a Dunkerque, que salía de la Gare du Nord, la otra punta de Paris (o casi). Como soy un judío de mierda, decidí que no valía la pena gastarme 1,6€ en un viaje en subte que va de la puerta de una estación a la otra en unos 10 minutos, por lo que emprendí una caminata con mi mochila y valija a cuestas por Paris, que obviamente estuvo a puntod e salirme mal. Paso a explicar: como Paris-Dunkerque es una ruta que obviamente tiene poca concurrencia, a la SNCF no se le ocurre otra idea que unir dos trenes hasta un determinado lugar, y después separarlos y que cada uno vaya por su lado. Para este fin, te asignan un vagón de los que va a tu destino, peeeero, si llegás 2 minutos antes de que salga el tren y tu vagón es el último de la formación, se te complica la cosa. Por este motivo tuve que viajar parado aproximadamente 40 minutos hasta la primer parada, la única a la que iban los dos trenes juntos antes de separarse, y debí bajar inmediatamente empujando a viejas, niñas y guardas de tren para subir a la formación correcta.
Ya en mi asiento, y al poco rato de arrancar el tren, se cruza Yolanda por el vagón. De haber sabido lo mal que había pasado las vacaciones y que acababan de agarrarla con su Carte 12-25 trucha (porque ella tiene 28), creo que me hubiera hecho el boludo. Pero en fin, tuvimos una conversación un tanto incómoda (para mí) durante aproximadamente una hora. Cuanto llegamos a Dunkerque, cada uno tomó su rumbo, yo me fui para mi habitacion/casa y ella para su estudio. Era el fin de las mejores y más largas vacaciones en Francia so far, y para mejor el tiempo había mejorado bastante con respecto al de hacía 20 días atrás.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Tout le monde rêve d'y aller au moins une fois dans sa vie

El viernes a la mañana bien bien temprano salimos rumbo a Paris, y en las aproximadamente 5 horas de trayecto tuve la oportunidad de tomar las riendas y decidir el destino de este quinteto de inadaptados que somos los Feld durante aproximadamente 100 km, que no es mucho cuando tu velocidad promedio son 140 km/h (aunque el cartelito indique máxima 130). En fin, alrededor de las 15.30/16 logramos estacionar en Montrouge, en la frontera con Paris, luego de pasar aproximadamente 40 minutos intentando entrar a la ciudad en medio de todo el tráfico que la caracteriza. Nos recibió la dueña del departamento que al principio pareció una típica parisina, pero de a poco se fue mostrando muy simpática y amable, cosa que fue apreciada. Luego de instalarnos y que nos hiciera un pequeño tour por los alrededores, pasamos por el supermercado, compramos víveres, y al regresar nos dimos cuenta de que el día ya estaba perdido.
El sábado fuimos a pasar el día en Versalles, y la verdad es que no nos alcanzó ni para ver la mitad, si contamos todo ese inmenso predio que ocupan el palacio y los jardine. Es realmente inabarcable, no sé qué extensión tendrá, pero la verdad que este Luis XVI era un zarpado, yo creo que no habría esperado a que llegara su nieto para empezar a cortar cabezas. Para peor, los miembros más mayores del equipo ya empezaban a mostrar signos de fatiga a horas cada vez más tampranas, por lo que seguir no tenía ningún sentido. Complicada fue la vuelta, nunca hubiera pensado que el RER C hacía un círculo, y mucho menos que los carteles informativos podían dar tan poca información, pero finalmente papá Feld decidió mandar al carajo nuestro orgullo de hombre y preguntar en ventanilla qué tren tomar. De yapa, y a pedido de hermanita Feld, nos bajamos en la torre Eiffel que ya estba con todas sus luces encendidas y su tropa de senegaleses vendesouvenirs para ofrecer un espectáculo turístico único.
El domingo aprovechamos que los museos serían gratis, por ser el primer domingo del mes, pero no tanto como me hubiera gustado. Por empezar fuimos a Notre Dame, y por primera vez vi en Paris gente yendo a la iglesia para rezar, cosa que me soprendió bastante más que la catedral en sí misma. Luego fuimos caminando hasta el Centro Pompidou, lugar al que tengo ganas de entrar como hace 4 años y que todavía no logro, y esta vez no fue la excepción, porque no bien llegamos empezamos a buscar un lugar para almorzar, y terminado el almuerzo, nos dirigimos al Louvre. Esta vez decidí ir a ver la exposición del Louvre medieval que me había perdido hace 4 años, y realmente valió la pena. En pocas palabras, durante los últimos trabajos de renovación del museo (esos que dieron vida, entre otras cosas, a la pirámide), se encontraron con las ruinas del antiguo castillo que fue construido ahí alrededor del siglo XII. Ahora lo exhiben, chimpum. Salimos alrededor de 3 horas más tarde, y emprendimos una caminata hacia el Arco del triunfo, que fue saboteada a los pocos metros por Julia, a quien le "dolía el estómago".
El lunes fue un día que podría haber sido perfecto, de no ser porque a la señora Julia se le ocurrió que seguía con dolores, y que por eso no nos acompañaría al tour que pensábamos hacer. El tour fue el mismo que hice con Vico al llegar a Francia, sólo que con otra guía, que al principio me cayó mal, pero luego se fue ganando mi simpatía. Luego de finalizado, el equipo volvió a separarse en "Brian" y "el resto" para que yo pudiera ir a tomar un café con don Volman. Nos encontramos en Montparnasse y estuvimos aproximadamente dos horas charlando por la módica suma de un café, hasta que fui interrumpido por doña Julia preocupada porque "el resto" aún no había regresado.....a las 5 de la tarde. Volvimos a pata Victor y yo, pasando por un par de supermercados para comprar fajitas para la cena del susodicho, sólo que no eramos justamente los seres más indicados para comprar comida.
Al regresar tuve que bancarme unas dos horas de preguntas sobre el paradero del resto de la familia, y hasta tuve que llamar a la dueña del departamento para saber dónde estaba la comisaría de policía, obviamente sin ningún sentido. Finalmente, aquellos a quienes mi madre les había dado el status de "perdidos" aparecieron poco antes de la hora de cenar, obviamente luego de haber aprovechado de su último día en París para conocer algunos de los lugares a los que no habíamos tenido oportunidad de ir.
El día siguiente en familia fue bastante corto, pues a las 3 horas de levantarme ya debía partir hacia la estación para tomar el tren que me dejaría en Rennes para continuar mi viaje, ahora en compañía de Ezequiel y Silvia. El viaje en familia duró el tiempo justo y necesario como para que no pudiera llegar hasta el hartazgo.

Bélgica (una mas y van...)

Si, como no podía ser de otra manera, y a pesar de que sabían que yo ya había estado ahí un par de veces, los Feldos decidieron pasar 4 días en el país de la cerveza, las papas fritas, los mejillones y los waffles. Comentario al margen: si te sentís orgulloso de que la "especialidad" de tu país sean las papas fritas, sos lo menos...digo, ¿qué pueden tener de especiales unas papas fritas? Absolutamente nada, y aparte de eso, es algo que se hace en todo el mundo! Esta gente no entiende nada de la vida.
Bueno, lo haré breve porque ya estoy súper atrasado y la verdad es que no hay muchas novedades sobre lo que hicimos esos días, excepto una visita por dentro del Atomium, la "torre Eiffel de los belgas" porque lo hici
eron para la Exposición Universal del 38 (creo), sólo que los muy nabos la hicieron medio en las afueras de la ciudad, con lo que no es tan accesible. También vimos al Maneken Pis vestido de invierno, y el jueves, último día de nuestra visita, fuimos caminando tooooodo derecho derecho por la "Rue de la Loi" hasta el Parc du Cinquentenaire, y a la vuelta, se me ocurrió la brillante idea de pispear en la entrada de uno de los millones de edificios de "algo" europeo, y me encontré con la exposición que mandó a hacer la República Checa por su presidencia temporal de la UE, no tiene desperdicio. Por otro lado, el miércoles, cuando fuimos a Brujas, no sólo hicimos el tour autoguiado por las calles de esta minúscula y medievosa ciudad, sino que también lo hicimos en minibus, como el bateau mouche de Strasbourg, y al igual que en esa oportunidad, me quedé dormido a mitad del viaje. Dado que una imagen vale más que mil palabras, supongo que un par de fotos servirán para dar una idea de nuestras aventuras belgas:

domingo, 15 de marzo de 2009

Luxemburgo, el no-pais

El lunes a la mañana, luego de la inspección del departamento por parte de su dueña, partimos rumbo a Bruselas. Dado que el viaje era bastante largo (aproximadamente 5 o 6 horas), decidimos hacer una escala en la ciudad de Luxemburgo, capital del ducado de Luxemburgo, hasta hace un par de días paraíso fiscal europeo.
¿Por qué el no-pais? Bueno, por empezar, es un ducado, o sea que no es un país hecho y derecho, pero principalmente porque Luxemburgo, si bien es muy, pero muy lindo, lleno de casas antiguas (muchas de ellas con esas torres cónicas de estilo medieval), miradores por doquier, un parque bien en medio de la ciudad enorme y muy bien cuidado, es un lugar en donde da la sensación de que no pasa absolutamente nada. De verdad ¿alguien alguna vez escuchó, leyó o vio alguna noticia sobre Luxemburgo? Bueno, ellos tampoco, porque la enorme mayoría del diario refiere a la situación internacional, y la parte local tiene noticias del tipo "Crean un perfil falso del Primer Ministro en Facebook"....como decíamos con Javier, a ese lugar le faltan un par de ladrones y/o asesinos, al menos que maten de mentiritas, no sé, algo...
La foto la debo, tendré que esperar a que alguien del Team B (o sea la familia menos yo, que soy el Team A) se digne a mandarme alguna. Por suerte para nosotros, este tipo de ciudades tan poco extendidas permiten que uno las visite de manera fácil y relativamente rápida, sobre todo cuando se sigue el recorrido que te marcan en la oficina de turismo. A eso de las 17 volvimos al auto y, aproximadamente a las 17.30, ya estábamos en Bélgica (sisi, Luxemburgo es MUY chico), a apenas una hora y media de Bruselas, donde nos recibió la dueña en patas. Un departamento demasiado raro, con una extraña configuración de camas para 5 personas, pero como punto a favor, con un lavaplatos salvador de after-meals.
Poco después de instalarnos, caímos en la cuenta de que no teníamos absolutamente nada para comer, y ya eran aproximadamente las 20, lo que aquí implica "todo cerrado". Por suerte, todo excluye a los kiosquitos árabes, que nuevamente nos salvaron las papas. Después de comer e intentar acceder a internet (por suerte en ese bendito país las conexiones no vienen bloqueadas con contraseña por defecto), fuimos a dormir para no desaprovechar el poco tiempo que tendríamos en Bélgica.

viernes, 13 de marzo de 2009

Chupando frío

El jueves a la mañana nos levantamos temprano y, con la excusa de buscar un lugar para desayunar, fuimos a recorrer la pequeña, antigua, pero bella ciudad de Troyes. Yo hacía ya mi 4° o 5° tour por la ciudad, pero para el resto del equipo, esta era la primera vez que veían casas visiblemente torcidas fabricadas en "entramado", calles minúsculas que van para cualquier lado, o una catedral con una sola torre...estuvimos alrededor de 3 horas caminando hasta que no pudimos más del hambre y decidimos entrar a un café donde, si bien tomamos el desayuno más caro de nuestra historia, la mujer que atendía el lugar resultó ser muy agradable. Fue interesante sobre todo el momento en que le dije que estaba viviendo en Dunkerque: "Hace mucho frío" me dice; "No más que acá", contesté yo, cosa que ese día era absolutamente cierta, pues ya desde el comienzo de nuestras vacaciones nos topamos con temperaturas bajo cero.
Seguimos nuestra caminata por una hora más, dado que a mediodía teníamos que dejar el hotel. Doce en punto estábamos saliendo con el auto, abandonando Troyes para dirigirnos a nuestro siguiente destino vacacional: Estrasburgo, o mejor dicho Alsacia. Viajamos durante aproximadamente 5 horas, parada para almorzar incluída, por lo que parecía ser la pampa argentina: campo, campo, ciudad mediana, campo, campo, campo.
Llegamos a Estrasburgo alrededor de las 17.30, no nos fue muy difícil encontrar nuestro alojamiento gracias al GPS, y allí nos recibió la hija de la dueña para mostrarnos el lugar. El día ya estaba "perdido", por lo que nos instalamos y, luego de las compras pertinentes en el supermercado y una charla con la dueña (quien nos explicó qué cosas podíamos hacer durante nuestra estadía), nos propusimos descansar. El hecho de que el día hubiera sido mayormente soleado nos llenó de esperanzas, que se esfumaron no bien comenzó el día siguiente.
El viernes, luego de dejar el auto en el parking público y tomar el tramway, hicimos el recorrido de Estrasburgo bajo un frío como pocas veces habíamos sentido. Realmente la ciudad no tiene nada que ver con el resto de las ciudades que había visto antes, producto de su origen germánico.
Nuestra primer parada fue en la catedral, enorme, imponente y.....roja. Adentro, mientras estábamos haciendo la visita, y nos aproximábamos al reloj astronómico con sus marionetas mecánicas, fuimos abordados por un Estrasburgués loco que no nos dejó solos ni medio segundo durante casi una hora explicándonos(me) cada detalle de la maldita catedral. Los franceses de esta región ya se estaban mostrando simpáticos, demasiado simpáticos tal vez.
Terminamos el recorrido y salimos para subir a la torre de la catedral, con unos 300 escalones que pusieron a prueba la resistencia del Team Feld ya desde el tercer día de viaje. Con mayor o menor dificultad, todos lo superamos y obtuvimos como recompensa vistas como esta de la ciudad:

Vale decir que a esa altura y al aire libre, nos requeterecontra cagamos de frío. De hecho, no se llega a apreciar porque era muy poca, pero estaba nevando.
Luego del descenso, volvimos a entrar para ver el reloj en funcionamiento. Unos tres minutos de desfile de apóstoles y demás muñequitos moviéndose al compás del ding-dong, lo único que sorprende de todo eso es que es un reloj que tiene casi 200 años.
Nuestra próxima parada fue el muelle donde paraba el bateau mouche de Estrasbourgo, que hacía el recorrido alrededor de la islita con comentarios en español. Antes de subirnos, sufrimos un almuerzo de linyeras bajo el horripilante frío. Los dedos de mis pies estaban en un estado tal de congelamiento que ya no los sentía para nada, y me vi obligado a dar vueltas para que circulara un poco de sangre. Por suerte no pasó mucho tiempo hasta que pudimos subir al barco, pero la calefacción y el cansancio producto del frío que había tomado hasta ese momento hicieron que me pegara un torro de aquellos, y no pude aprovechar casi nada del paseo. Terminado el mismo, dimos una última vueltita por la ciudad,nos metimos en el shopping a tomar un café, y nos volvimos al depto. Media hora más tarde nos dirigimos a la casa de la dueña del departamento, quien nos invitó un apéro junto con unos australianos que hacía 6 meses que vivían con ella y que visitarían Argentina un mes más tarde. Unos grandes los aussies, y también la francesa, pues la comida y el vino alsaciano que nos ofreció fueron increíbles, tanto que casi no nos dio ganas de cenar luego de que nos fuimos. De todas formas, y para hacerle honor a nuestro alma de gordos, cenamos y nos fuimos directo a la cama.
El sábado partimos hacia Colmar, a alrededor de una hora de viaje. No hay demasiado para decir sobre Colmar, excepto que es muy linda aunque bastante chiquita, basta con un día o menos para ver las cosas de la ciudad que realmente valen la pena. Nuevamente, nuestra pobreza sudaca salió a la luz al momento de almorzar, cuando en medio de una plaza medio vacia pelamos nuestros sandwiches de fiambre y queso y el termo con té (no, somos una familia de no-mateadores). Aquí una prueba de lo que digo:

Luego de seguir recorriendo un poco más, de enseñarle a mamá a usar un baño público, y de toparnos con las bandas carnavalescas del fin de semana, decidimos pegar la vuelta, pasando antes por Estrasburgo para recorrer un poco el barrio llamado "Petite France" por su alta concentración de putas durante el medioevo (no es joda). Después de pasar a tomar un café cortesía de Subway, intentamos buscar, en vano, el Parlamento Europeo, hasta caidísima la noche, cuando nos volvimos al departamento descansar un rato antes de ir para el restaurant que la dueña nos había recomendado para comer platos tradicionales. Resultó ser un lugar de puta madre en el medio de la nada, pero por suerte las flammekuche tenían un precio bastante accesible (para un papá), y pudimos probar un plato de la región.
El domingo nos esperaba Haut-Koeningsburg, un castillo medievoso que se conserva en excelente estado, tanto que ni le pusieron calefacción, y como consecuencia (debido a que había nevado hacía poco tiempo), nos helamos enteritos, y más de uno debe haber estado a punto de no llegar con vida al final de la visita. Aquí una prueba:
El gorro no era mío, me obligaron a usarlo.

Algo interesante de recalcar (mentira), es que mientras en los palacios renacentistas inmensos como Versailles hay sólo dos baños, este castillo tenía algo que aparentaba ser un baño en cada cuarto. Sería bueno saber qué carajo se incrustó en el cerebro de esta gente de los siglos XVI, XVII y XVIII para decidir que limpiarse era algo malo. En fin, la visita por todo el castillo duró unas dos horas en las que padecimos terriblemente el frío, pero así y todo valió la pena.
Esta vez los sanwiches del almuerzo los comimos en el auto, al abrigo de las miradas despreciativas y el frío polar, y seguidamente partimos rumbo a Obernai, un pueblito más chico incluso que Colmar, pero con ese mismo estilo alsaciano que tan bien queda. Allí no estuvimos mucho tiempo, principalmente porque en una hora y media ya le habíamos dado la vuelta al lugar, pero también porque era momento de volver y empezar a rearmar las valijas para partir temprano el día siguiente. Antes, decidimos pasar por una patisserie y comprar unas muy ricas porciones de tortas de las que hicimos nuestra merienda. Luego de eso, no hicimos más que dejar todo en orden hasta el momento de la cena. Seguidamente, todos todos a la cama.

jueves, 12 de marzo de 2009

When the Flintstones met the Jetsons

Ese es uno de los títulos que mejor podría caberle al día del miércoles y sólo por lo que pasó en las últimas 4 horas del día.
El miércoles empezó a las 6 de la matina, conmigo duchándome y alistándome para salir. Conseguí hacerlo a las 7.30 aproximadamente, pero debido al estado de mi valija sólo pude llegar a la parada del colectivo (que está a unos 300 metros) unos 10 minutos más tarde, todo un récord de lentitud. Nuevamente viajé sin pagar, no lo estimé necesario tratándose de sólo 3 las paradas que tenía que hacer, y mis bártulos no levantaron la menor sospecha. A partir de allí, y salvo percances menores que contaré a medida que avance en mi relato, todo fue demasiado simple.
El primer percance fue el acordarme que había olvidado mi registro internacional en la pieza, pero como no tenía grandes chances de manejar, ese no iba a ser un problema muy grande. De todos modos, ya casi era hora de que saliera el tren hacia Lille. El viaje fue de lo más normal, sólo que aproveché la adquisición del GPS para no dejar de pasar por un maldito ñoño y medir la velocidad del tren. Cabe destacar que si en nuestra querida República tuvieramos trenes un 50% más lentos que éstos (que eran trenes comunes), nos sentiríamos los seres más felices sobre la tierra, así que Cristi, dejate de joder con el tren bala y poné guita en las redes que ya tenemos.
Llegado a Lille Flandres me encontré con el inconveniente de tener que trasladar mis petates a través de los 600 metros que separaban esta estación de Lille Europe, de donde salía mi tren hacia el aeropuerto CDG, donde se suponía estaría esperándome mi familia. Por suerte pude usar uno de los carritos transportadores para llegar a la otra Gare, peeeero los muy hdp pusieron carritos distintos en las dos, con lo que mi eurito pa' la birra casi es apropiado por Estado Francés SA, de no ser porque un buen hombre ofreció darme 1€. En fin, estuve unas dos horas en el primer TGV de dos pisos en que he viajado, hasta que por fin llegamos al aeropuerto.
Ya en Roissy, nuevo percance: me entero que el avión tiene 2 horas de demora, por lo que en lugar de llegar a las 11 (poco después que yo), los aquí llamados Flinstones llegarían a las 13, y yo no los vería sino hasta unos 40 minutos después del aterrizaje. Una vez encontrados y dados los saludos pertinentes, nos dirigimos a la agencia de autos para retirar el coche, donde tuve que convencer a la tropa que el C-Max NO era mucho mas chico que el Scènic y que no nos estaban estafando.
En fin, GPS y auto en mano, nos dirigimos a nuestro primer destino: Troyes. Aproximadamente una hora del viaje consistió solamente en salir de la region parisina, y otra hora y media en la ruta propiamente dicha. Así, entre pitos y flautas llegamos a destino alrededor de las 17.30, luego de que don Luis cometiera unas 5 infracciones de tránsito en 15 minutos, pasándose semáforos en rojo y haciendo caso omiso a mi advertencia de que "en estas ciudades todas las calles son doble mano a menos que se especifique lo contrario". En el hotel tuve que pelearme con la encargada por 6 malditos euros que querían cobrarme de más (como de costumbre, "atención al cliente" es algo que a los franceses no les debe sonar), pero finalmente nos instalamos cómodamente. Dejé al equipo asearse luego del viaje mientras llamaba a Violaine, que ya estaba preparando todo y hasta se extrañaba que no hubiésemos llegado aún.
Finalmente, y luego de "perdernos" un par de veces alrededor de las 19, 19.30 llegamos a lo que, por esta vez, llamaré el hogar de los Jetsons. Ahí nos recibieron Robert y Violaine, como era de esperarse. Luego de las presentaciones dieron inicio unas 4 horas de lo más impensadas para mi: en lugar de oficiar de traductor, los Flinstons (Feld) y los Jetsons (Dumez) se entendian casi a la perfección y yo pude disfrutar con ambos! Esta bien, está bien, un tercio del tiempo estuvimos comiendo, sea durante el apéro, la cena (con una....¿tartiflette? exquisita), el queso o el postre, pero así y todo el idioma no fue para nada una barrera. Conversaciones de todo tipo (desde la posibilidad de que exista vida con los hijos fuera de casa hasta la imagen de Sarkozy en el exterior) se mezclaron con comida, vino y champagne. Luis y Julia decidieron que pasadas las 23 horas ya era el momento de dejar en paz a los pobres Violaine y Robert, que tenían que ir a trabajar al día siguiente. Despedida con promesa de regreso incluída, nos metimos todos en el auto y frase de mamá "la verdad, qué culo tuviste de haber caído en casa de esta gente". Indeed I was lucky.

La previa...

El lunes 16 de febrero pintaba como de pesadilla. Me había hecho la idea de que tendría que laburar 6 horas entre clases del día y recuperadas por tomarme las vacaciones anticipadamente. Por suerte, lo peor fueron las primeras tres horas de la mañana en el collège, en lo que a carga horaria respecta, porque después, luego de la clase de las 14 con los 2D6 en el lycée, mi día laboral se había terminado, sólo que yo no lo sabía hasta aproximadamente las 5 de la tarde. Anyway, no me quejé, no me venía para nada mal.
El martes por el contrario sí fue un día de antemano super relajado. Sólo una hora de clase y ya estaba de vacaciones. Lo único malo del asunto fue que tuve que esperar hasta las 17 para liquidarlo, pues es a esa hora que terminaba la clase con los 2D10 de Laure. Afortunadamente estos niños no presentan ningún problema, con lo que tampoco es que la pasé tan mal en mi última hora de trabajo pre-vacaciones. A la noche, y como ya era costumbre, nos juntamos "todos" los asistentes en el Bommel para tomar algo y charlar, obviamente de nuestras respectivas vacaciones por venir. Así fue durante un par de horas, hasta que todos partimos, volví a casa y no tuve más que terminar de armar mi destrozada y pesada valija y esperar la hora de la salida.