jueves, 12 de marzo de 2009

When the Flintstones met the Jetsons

Ese es uno de los títulos que mejor podría caberle al día del miércoles y sólo por lo que pasó en las últimas 4 horas del día.
El miércoles empezó a las 6 de la matina, conmigo duchándome y alistándome para salir. Conseguí hacerlo a las 7.30 aproximadamente, pero debido al estado de mi valija sólo pude llegar a la parada del colectivo (que está a unos 300 metros) unos 10 minutos más tarde, todo un récord de lentitud. Nuevamente viajé sin pagar, no lo estimé necesario tratándose de sólo 3 las paradas que tenía que hacer, y mis bártulos no levantaron la menor sospecha. A partir de allí, y salvo percances menores que contaré a medida que avance en mi relato, todo fue demasiado simple.
El primer percance fue el acordarme que había olvidado mi registro internacional en la pieza, pero como no tenía grandes chances de manejar, ese no iba a ser un problema muy grande. De todos modos, ya casi era hora de que saliera el tren hacia Lille. El viaje fue de lo más normal, sólo que aproveché la adquisición del GPS para no dejar de pasar por un maldito ñoño y medir la velocidad del tren. Cabe destacar que si en nuestra querida República tuvieramos trenes un 50% más lentos que éstos (que eran trenes comunes), nos sentiríamos los seres más felices sobre la tierra, así que Cristi, dejate de joder con el tren bala y poné guita en las redes que ya tenemos.
Llegado a Lille Flandres me encontré con el inconveniente de tener que trasladar mis petates a través de los 600 metros que separaban esta estación de Lille Europe, de donde salía mi tren hacia el aeropuerto CDG, donde se suponía estaría esperándome mi familia. Por suerte pude usar uno de los carritos transportadores para llegar a la otra Gare, peeeero los muy hdp pusieron carritos distintos en las dos, con lo que mi eurito pa' la birra casi es apropiado por Estado Francés SA, de no ser porque un buen hombre ofreció darme 1€. En fin, estuve unas dos horas en el primer TGV de dos pisos en que he viajado, hasta que por fin llegamos al aeropuerto.
Ya en Roissy, nuevo percance: me entero que el avión tiene 2 horas de demora, por lo que en lugar de llegar a las 11 (poco después que yo), los aquí llamados Flinstones llegarían a las 13, y yo no los vería sino hasta unos 40 minutos después del aterrizaje. Una vez encontrados y dados los saludos pertinentes, nos dirigimos a la agencia de autos para retirar el coche, donde tuve que convencer a la tropa que el C-Max NO era mucho mas chico que el Scènic y que no nos estaban estafando.
En fin, GPS y auto en mano, nos dirigimos a nuestro primer destino: Troyes. Aproximadamente una hora del viaje consistió solamente en salir de la region parisina, y otra hora y media en la ruta propiamente dicha. Así, entre pitos y flautas llegamos a destino alrededor de las 17.30, luego de que don Luis cometiera unas 5 infracciones de tránsito en 15 minutos, pasándose semáforos en rojo y haciendo caso omiso a mi advertencia de que "en estas ciudades todas las calles son doble mano a menos que se especifique lo contrario". En el hotel tuve que pelearme con la encargada por 6 malditos euros que querían cobrarme de más (como de costumbre, "atención al cliente" es algo que a los franceses no les debe sonar), pero finalmente nos instalamos cómodamente. Dejé al equipo asearse luego del viaje mientras llamaba a Violaine, que ya estaba preparando todo y hasta se extrañaba que no hubiésemos llegado aún.
Finalmente, y luego de "perdernos" un par de veces alrededor de las 19, 19.30 llegamos a lo que, por esta vez, llamaré el hogar de los Jetsons. Ahí nos recibieron Robert y Violaine, como era de esperarse. Luego de las presentaciones dieron inicio unas 4 horas de lo más impensadas para mi: en lugar de oficiar de traductor, los Flinstons (Feld) y los Jetsons (Dumez) se entendian casi a la perfección y yo pude disfrutar con ambos! Esta bien, está bien, un tercio del tiempo estuvimos comiendo, sea durante el apéro, la cena (con una....¿tartiflette? exquisita), el queso o el postre, pero así y todo el idioma no fue para nada una barrera. Conversaciones de todo tipo (desde la posibilidad de que exista vida con los hijos fuera de casa hasta la imagen de Sarkozy en el exterior) se mezclaron con comida, vino y champagne. Luis y Julia decidieron que pasadas las 23 horas ya era el momento de dejar en paz a los pobres Violaine y Robert, que tenían que ir a trabajar al día siguiente. Despedida con promesa de regreso incluída, nos metimos todos en el auto y frase de mamá "la verdad, qué culo tuviste de haber caído en casa de esta gente". Indeed I was lucky.

No hay comentarios: