Seguimos nuestra caminata por una hora más, dado que a mediodía teníamos que dejar el hotel. Doce en punto estábamos saliendo con el auto, abandonando Troyes para dirigirnos a nuestro siguiente destino vacacional: Estrasburgo, o mejor dicho Alsacia. Viajamos durante aproximadamente 5 horas, parada para almorzar incluída, por lo que parecía ser la pampa argentina: campo, campo, ciudad mediana, campo, campo, campo.
Llegamos a Estrasburgo alrededor de las 17.30, no nos fue muy difícil encontrar nuestro alojamiento gracias al GPS, y allí nos recibió la hija de la dueña para mostrarnos el lugar. El día ya estaba "perdido", por lo que nos instalamos y, luego de las compras pertinentes en el supermercado y una charla con la dueña (quien nos explicó qué cosas podíamos hacer durante nuestra estadía), nos propusimos descansar. El hecho de que el día hubiera sido mayormente soleado nos llenó de esperanzas, que se esfumaron no bien comenzó el día siguiente.
El viernes, luego de dejar el auto en el parking público y tomar el tramway, hicimos el recorrido de Estrasburgo bajo un frío como pocas veces habíamos sentido. Realmente la ciudad no tiene nada que ver con el resto de las ciudades que había visto antes, producto de su origen germánico.
Nuestra primer parada fue en la catedral, enorme, imponente y.....roja. Adentro, mientras estábamos haciendo la visita, y nos aproximábamos al reloj astronómico con sus marionetas mecánicas, fuimos abordados por un Estrasburgués loco que no nos dejó solos ni medio segundo durante casi una hora explicándonos(me) cada detalle de la maldita catedral. Los franceses de esta región ya se estaban mostrando simpáticos, demasiado simpáticos tal vez.
Terminamos el recorrido y salimos para subir a la torre de la catedral, con unos 300 escalones que pusieron a prueba la resistencia del Team Feld ya desde el tercer día de viaje. Con mayor o menor dificultad, todos lo superamos y obtuvimos como recompensa vistas como esta de la ciudad:
Vale decir que a esa altura y al aire libre, nos requeterecontra cagamos de frío. De hecho, no se llega a apreciar porque era muy poca, pero estaba nevando.
Luego del descenso, volvimos a entrar para ver el reloj en funcionamiento. Unos tres minutos de desfile de apóstoles y demás muñequitos moviéndose al compás del ding-dong, lo único que sorprende de todo eso es que es un reloj que tiene casi 200 años.
Nuestra próxima parada fue el muelle donde paraba el bateau mouche de Estrasbourgo, que hacía el recorrido alrededor de la islita con comentarios en español. Antes de subirnos, sufrimos un almuerzo de linyeras bajo el horripilante frío. Los dedos de mis pies estaban en un estado tal de congelamiento que ya no los sentía para nada, y me vi obligado a dar vueltas para que circulara un poco de sangre. Por suerte no pasó mucho tiempo hasta que pudimos subir al barco, pero la calefacción y el cansancio producto del frío que había tomado hasta ese momento hicieron que me pegara un torro de aquellos, y no pude aprovechar casi nada del paseo. Terminado el mismo, dimos una última vueltita por la ciudad,nos metimos en el shopping a tomar un café, y nos volvimos al depto. Media hora más tarde nos dirigimos a la casa de la dueña del departamento, quien nos invitó un apéro junto con unos australianos que hacía 6 meses que vivían con ella y que visitarían Argentina un mes más tarde. Unos grandes los aussies, y también la francesa, pues la comida y el vino alsaciano que nos ofreció fueron increíbles, tanto que casi no nos dio ganas de cenar luego de que nos fuimos. De todas formas, y para hacerle honor a nuestro alma de gordos, cenamos y nos fuimos directo a la cama.
El sábado partimos hacia Colmar, a alrededor de una hora de viaje. No hay demasiado para decir sobre Colmar, excepto que es muy linda aunque bastante chiquita, basta con un día o menos para ver las cosas de la ciudad que realmente valen la pena. Nuevamente, nuestra pobreza sudaca salió a la luz al momento de almorzar, cuando en medio de una plaza medio vacia pelamos nuestros sandwiches de fiambre y queso y el termo con té (no, somos una familia de no-mateadores). Aquí una prueba de lo que digo:
Luego de seguir recorriendo un poco más, de enseñarle a mamá a usar un baño público, y de toparnos con las bandas carnavalescas del fin de semana, decidimos pegar la vuelta, pasando antes por Estrasburgo para recorrer un poco el barrio llamado "Petite France" por su alta concentración de putas durante el medioevo (no es joda). Después de pasar a tomar un café cortesía de Subway, intentamos buscar, en vano, el Parlamento Europeo, hasta caidísima la noche, cuando nos volvimos al departamento descansar un rato antes de ir para el restaurant que la dueña nos había recomendado para comer platos tradicionales. Resultó ser un lugar de puta madre en el medio de la nada, pero por suerte las flammekuche tenían un precio bastante accesible (para un papá), y pudimos probar un plato de la región.
El domingo nos esperaba Haut-Koeningsburg, un castillo medievoso que se conserva en excelente estado, tanto que ni le pusieron calefacción, y como consecuencia (debido a que había nevado hacía poco tiempo), nos helamos enteritos, y más de uno debe haber estado a punto de no llegar con vida al final de la visita. Aquí una prueba:
Algo interesante de recalcar (mentira), es que mientras en los palacios renacentistas inmensos como Versailles hay sólo dos baños, este castillo tenía algo que aparentaba ser un baño en cada cuarto. Sería bueno saber qué carajo se incrustó en el cerebro de esta gente de los siglos XVI, XVII y XVIII para decidir que limpiarse era algo malo. En fin, la visita por todo el castillo duró unas dos horas en las que padecimos terriblemente el frío, pero así y todo valió la pena.
Esta vez los sanwiches del almuerzo los comimos en el auto, al abrigo de las miradas despreciativas y el frío polar, y seguidamente partimos rumbo a Obernai, un pueblito más chico incluso que Colmar, pero con ese mismo estilo alsaciano que tan bien queda. Allí no estuvimos mucho tiempo, principalmente porque en una hora y media ya le habíamos dado la vuelta al lugar, pero también porque era momento de volver y empezar a rearmar las valijas para partir temprano el día siguiente. Antes, decidimos pasar por una patisserie y comprar unas muy ricas porciones de tortas de las que hicimos nuestra merienda. Luego de eso, no hicimos más que dejar todo en orden hasta el momento de la cena. Seguidamente, todos todos a la cama.

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