En fin, no bien llegamos fuimos para la casa de Marie, la CouchSurfer que los alojó las noches anteriores. Ella y su familia viven en una casa por demás rara, dado que tiene un templo budista en la parte de atrás, y que por eso queda abierta durante todo el dia!! Increíble pero real, llegamos y no había nadie, y entramos como panchos por nuestra casa, dejé mis cosas y volvimos a salir para visitar la biblioteca, donde se suponía que había una vista panorámica de la ciudad, que no resultó ser tan panorámica, o en todo caso no tan impresionante.
Caminamos un buen rato por la ciudad, visitando en forma bastante rápida los lugares más importantes. Como toda región de Francia, Bretagne tiene sus particularidades, tal vez más que otras: construcciones en piedra con paredes muy, muy gruesas, carteles en francés y bretón, creperies por todos lados, y un sentimiento nacionalista (bretón) apenas comparable al de Alsacia. Deambulamos hasta aproximadamente las 18, cuando fuimos al supermercado a comprar la comida y volvimos. En casa de Marie estaba su mamá, que nos recibió con una bebida artesanal bastante extraña (pero para nada fea) que probamos durante la cena (cosas congeladas con verduras congeladas).
Luego de una digestión más o menos prolongada salimos para encontrarnos con Marie en la "rue de la soif" de Rennes. Por empezar, como el colectivo iba a tardar demasiad y estaba lloviendo un poco, decidimos tomar el subte, peeero camino a la estación se empezó a largar con tutti, con lo que nos empapamos bastante. Al llegar, la "rue de la soif" parecía una "rue du sommeil" por la poca cantidad de gente que había, aunque dada la lluvia y que era martes, es algo entendible. Nos metimos bastante rápido en un bar y pedimos unas cervezas, hasta que finalmente apareció Marie, con parte de un boudín casero muy rico :-P. Nos quedamos charlando un rato más, hasta que nos pareció prudente salir. A Marie también le pareció que sería una buena idea hacernos un pequeño tour por los alrededores de noche, sobre todo dado que su auto estaba un poco lejos. El problema fue que en todo nuestro recorrido la lluvia no hizo más que aumentar, y llegamos al auto aproximadamente treinta minutos (o quizás más) empapados hasta el orto. Para colmo, los limpiaparabrisas no funcionaban bien, y eso obligó a Marie a salir del auto un par de veces.
Llegamos a la casa y entre el agua y el frío nos había agarrado tal sueño que no nos costó casi nada dormirnos.
A la mañana siguiente no nos levantamos sino hasta las diez, y para cuando ya nos habíamos duchado, no teníamos demasiado tiempo hasta que saliera el colectivo que nos dejaría en la estación para tomarnos el tren hasta Saint Malo, nuestro próximo destino. Mientras preparábamos el almuerzo llegó Marie, que había logrado salir antes del trabajo para despedirnos. Comimos con ella (quien realmente y a pesar de haberla visto un par de horas se portó de diez), limpiamos todo, agarramos nuestros petates y nos despedimos.
Tomamos el colectivo a tiempo, nos bajamos en la estación y esperamos a que fuera anunciado el andén de nuestro tren. Tuvimos alrededor de una hora y media de viaje hasta Saint Malo, donde no bien llegamos tuvimos unos 20 minutos de caminata hasta encontrar el hotel, debido a la falta de Couchsurfers en la ciudad.
Por suerte la habitación era bastante cómoda, no muy cara, y relativamente cerca del centro. Después de dejar nuestras cosas decidimos caminar por el centro histórico, para lo que preguntamos a la recepcionista por indicaciones. Afortunadamente nos dimos cuenta poco después de haber salido que la mina nos había dicho cualquiera, y un buen obrero de la construccioón nos puso de nuevo en camino. En el trayecto nos topamos con paisajes casi de película, una suerte de península a izquierda y a derecha, apenas opacado por el mal tiempo. Llegamos y pasamos primero por la oficina de turismo a por unos mapas, y luego entramos en lo que es la parte "antigua" de la ciudad, pues fue reconstruida después de la guerra manteniendo el estilo que tenía antes de ser destruida. Hubiera sido una caminata sumamente agradable por lo interesante del lugar, pero el hecho de que estuviera repleto de negocios y que hubiera empezado a llover y a haber un viento de puta madre amargó bastante nuestro paseo por las murallas. Al regresar, pasamos por la estación de trenes para ver cómo podíamos ir al Mont Saint Michel al día siguiente, y de paso buscamos un supermercado para comprar nuestra cena Y almuerzo del día siguiente: sandwiches de fiambre y queso, oficialmente declarada comida de los indigentes sudakas en Europa.
De vuelta en el hotel teníamos tan pocas ganas de movernos que apenas lo hicimos después de cenar. Después de decidir la mejor forma de ir a nuestra excursión del día siguiente, nos tiramos a ver la tele (pasaron Hairspray en francés, qué desastre!) y luego a dormir.
El jueves nos levantamos bien temprano a la mañana, nos alistamos y partimos hacia la estación de micros, pasando antes por nuestro nunca bien ponderado Lidl para comprar el desayuno y el almuerzo. Veinte minutos después estábamos partiendo rumbo a Pontorson, desde donde correspondía tomar otro micro, ahora sí, hasta el Mont Saint Michel.
El Mont Saint Michel (que queda en Normandie y no en Bretagne, ojo al piojo) es una postal hermosa. Una micro ciudad construida alrededor de una Abadía, toda en una península ínfima que queda el descubierto cuando hay marea baja, pero que se ve rodeada de agua con marea alta. Aquí una prueba de ello (ok, un poco escura, pero se capta la onda):
El problema del lugar es que por dentro, es un parque de atracciones para viejos: está compuesto casi exclusivamente de negocios de souvenirs, restaurants, hoteles y algún que otro museo, más la Abadía. Para peor, hay una densidad de turistas más alta que en la sala del Louvre donde se expone la Gioconda, sobre todo de japoneses, a los que hay que multiplicar por 1,5 por las dimensiones de sus cámaras de fotos super super. En fin, estuvimos aproximadamente 4 horas dando vueltas por el lugar, tanto por dentro como por fuera (es decir, rodeando la península caminando por la arena debido a la marea baja), hasta que se hizo la hora de tomar el bondi de vuelta. A eso de las 18 ya estábamos de vuelta en Saint Malo, camino al hotel, pasando por todas las pizzerias que se curzaban en nuestro trayecto para ver en dónde era más barato comprar nuestra cena. Nos decidimos finalmente por el gran Domino's, otro de los escasos reductos yanquis de Francia, donde la crisis ha provocado promociones de 2x1 en todas las pizzas, algo impensado en nuestra patria peronista. Luego de comer, la habitual fiaca nocturna nos condujo a un paulatino sueño.
El viernes por la mañana hicimos nuestras valijas para dejar todo preparado para la partida. Silvia tenía que ir a Rennes a buscar un abrigo que se había dejado olvidado, y nos reencontaríamos en el TGV hacia Le Mans, que hacía una parada en esa ciudad. Aclaro para que no me peguen, Le Mans queda en Pays de la Loire, no en Bretagne.
Ezequiel y yo, por nuestro lado, decidimos hacer una visita a aquellas partes de la ciudad que no habíamos podido ver. Dejamos las valijas en la recepción y salimos a disfrutar del primer día sin viento ni lluvia desde que me uní al equipo de asistentes.
Realmente Saint Malo es una ciudad muchas veces más linda que Dunkerque, no podría explicar cuánto mejor me hubiera sentido viviendo ahí, a pesar de que tiene conexión solamente con Rennes (eventualmente con Paris, pero son como 4 horas de viaje), que gira en torno a un puerto (como Dunkerque) y que llueve los 8 días de la semana (como en Dunkerque). Esto demuestra claramente que a pesar de todas las adversidades, uno puede hacer una linda ciudad (algo que NO pasa en Dunkerque). Un par de muestras de lo que digo:
Con Eze caminamos durante varias horas, llegando hasta un par de monumentos en honor a los combatientes de la Segunda Guerra. Cuando digo monumento me refiero a cualquier cosa que haya quedado en pie y tenga impactos de balas y todas esas cosas, a la que le pusieron una plaquita, pero la verdad es que está muy bueno. Acercándose el mediodía pegamos la vuelta para ir al comedor universitario y almorzar por la módica suma de 2,85€. Ok, el comedor estaba en la loma del orto y nos costó bastante llegar, pero posta que si hay algo que no existe más que en Francia (y que voy a extrañar tanto o más que el queso entre la comida y el postre) es el hecho de poder comer bien y barato, objetivamente (no me refiero a casos como el de Bolivia donde para nosotros es una ganga, pero para los bolivianos es como una semana de sueldo).
En fin, cuando terminamos de comer fuimos de regreso al hotel a buscar nuestros petates y enfilar para la estación de tren, no sin antes pasar por el Lidl que nos proveería la merienda a cambio de un par de euritos...Subimos al tren y esperamos pacientemente el momento de la partida. En el trayecto se nos unió Silvia, aunque tuvo que sentarse en otro vagón por tener un asiento distinto y ya estar lleno el nuestro. También en medio del viaje me llamó Estefanía, la rosarina que labura como asistente en Le Mans. Una copada mal, pero lo interesante fue el pedido de una señora paqueta (en inglés, porque siempre que no estés hablando francés para esta gente, estás hablando en inglés) de irme del vagón para hablar por teléfono.
Al llegar a "Le Mans" (los franceses me van a matar, en realidad debería haber dicho "Al Mans", pero suena tan feo que lo dejo como está), estuvimos a punto de tomarnos el tranvía cuando nos dimos cuenta de que estábamos a sólo 5 cuadras de la casa de nuestro CouchSurfer. Cuando llegamos, nos recibió Julien, junto con su novia Elise, pero además estaban Marion (una amiga de ellos), Priscilla (una CouchSurfer de Lille que se estaba yendo), y otra amiga más, cuyo nombre no recuerdo, pero que venía de Macedonia (seh, Macedonia, el mundo es una locura). No bien dejamos nuestras valijas nos sentamos a charlar con todos, mientras pasaban bandejas con Rillettes (la especialidad del lugar, pan con una pasta como de atún) y botellas de aperitivos. Luego vino una inesperada cena de carne con lentejas, y más vino y charlas a más no poder, y vino, y charla, y vino, y comida, y.......a las doce de la noche el cansancio nos había ganado a los newcomers, asi que nos fuimos a dormir.
El sábado nos levantamos a la mañana relativamente temprano. En realidad, no recuerdo mucho la sucesión de hechos de la mañana, lo cierto es que poco a poco se fueron yendo todos los que habían pasado la noche, y quedamos solamente los tres invitados con Julien y Elise. Por pedido nuestro, nos llevaron a ver el circuito donde se corren las 24 horas, al que por cierto nunca habían entrado. A excepción del mini-museo donde se exhiben un par de autos, la pista no tiene nada de especial cuando no se están corriendo las 24 horas, de hecho está prácticamente vacía. Por suerte, para animar un poco la visita, había una competencia de escarabajos, y un 500 nuevo infiltrado por ahí.
Una hora más tarde estábamos volviendo a la casa, sólo para tomarnos el tram hacia el centro de la ciudad. Le Mans tiene un centro comercial bastante lindo y vivo, con una plaza enorme (siempre de cemento, obviamente) pero muy linda, incluso con día nublado. Además, y como curiosidad, tiene placas por la calle con la forma de las manos de los ganadores de las 24 horas.
Después de tomar un café y comer un sanguche (si, me pintó decir "sanguche" y no sandwich), nos fuimos a recorrer el "Vieux Mans". Elise hizo estudios de traductora y trabaja para el estado, pero Julien trabaja relevando el patrimonio arquitectural del departamento (departamento como división administrativa), con lo que se conoce TODO lo que sea viejo y te cuenta cuándo se hizo, cómo se hizo, qué había antes, TODO, un fenómeno.
Estuvimos dando vueltas por ahí un par de horas, conociendo un poco de la historia de Le Mans (nuevamente, tendría que decir Del Mans, pero queda horrible) y sacándo(nos) fotos cual grupo de japoneses, hasta que decidimos entrar en un bar super extraño, decorado hiper finamente y lleno de fotos de Versailles, hasta el inodoro estaba hecho en forma de trono, una cosa increíble. Nos tomamos unas cheves y fuimos al super a comprar los ingredientes para las crèpes que comeríamos a la noche. En el medio invitamos a cenar también a Estefanía, para conocerla y sumar más argentinos al grupo, como si no bastara con dos. Llegó una hora más tarde, mientras yo robaba las fotos del viaje de todos y un poco de música francesa de la compu de Julien y Elise, y nomás entrar nos pusimos a charlar entre todos, excepto Julien que hizo nuevamente de chef y cocinó las crèpes, que por cierto salieron increíbles.
No se nos escapó prácticamente ningún tema en nuestra conversación nocturna acompañados de comida y vino, y eso es lo más increíble de CouchSurfing y la vida en Francia: el primero porque llegás a casa de un completo desconocido y automáticamente se vuelve tu amigo, no importa que sea la primera vez en tu vida que lo viste, no importa que el tipo/la mina ya te haya dejado dormir en su casa, no les basta con eso y mueren de ganas por saber tu vida y contarte la de ellos en el poco tiempo que tengas para charlar; en el segundo caso es porque estando rodeado de gente que habla otro idioma, encontrás hasta a un indigente que te pide una moneda en español y de inmediato se transforma en tu mejor amigo, y si tenés 10€ en la billetera, se los das porque habla español, aunque después te enteres que es un criminal de guerra nazi que casualmente nació y vivió sus primeros años en Haití antes de volver con su familia a Alemania. Cosas increíbles de este mundo que ya no me parece tan, tan grande.
Estuvimos dale que dale charlando hasta aproximadamente las 2 de la mañana (creo que un poco más también, pero mi memoria empieza a fallar), hasta poco después que Estefanía se despidió de nosotros y salió con sus amigas asistentes. Como mi tren partía a las 11 de la mañana del domingo, y tendría que levantarme más temprano de lo que el resto estaba dispuesto, realizamos las despedidas pertinentes y nos fuimos a acostar. Esta vez yo fui solo al cuarto del hijo de Julien, que la noche anterior habían usado el resto de los invitados, cosa que Ezequiel debe haber agradecido después de haber dormido en el mismo colchón durante unas tres noches.
Domingo a las 9 AM ya estaba arriba, duchándome y bajando a tomar un desayuno. Una hora más tarde baja Julien y nos sentamos a desayunar mientras conversamos un rato, hasta que se me hace la hora de ir. Me despido una vez más de él y voy hacia la estación, esta vez abajo de la lluvia, que nos había dado un respiro de dos días. Para mi desagradable sorpresa, el tren que tomaba a Paris no era un TGV, sino un TER que hacía trescientas ochenta y cinco mil paradas antes de llegar a Montparnasse. Por suerte contaba con mi amada compu y finalmente, después de tenerla ahi guardada durante meses, vi "Historias Minimas". Nada del otro mundo la verdad, yo también hago una peli así.
Al arribar a destino contaba todavía con una hora y pico antes de tomar el TGV a Dunkerque, que salía de la Gare du Nord, la otra punta de Paris (o casi). Como soy un judío de mierda, decidí que no valía la pena gastarme 1,6€ en un viaje en subte que va de la puerta de una estación a la otra en unos 10 minutos, por lo que emprendí una caminata con mi mochila y valija a cuestas por Paris, que obviamente estuvo a puntod e salirme mal. Paso a explicar: como Paris-Dunkerque es una ruta que obviamente tiene poca concurrencia, a la SNCF no se le ocurre otra idea que unir dos trenes hasta un determinado lugar, y después separarlos y que cada uno vaya por su lado. Para este fin, te asignan un vagón de los que va a tu destino, peeeero, si llegás 2 minutos antes de que salga el tren y tu vagón es el último de la formación, se te complica la cosa. Por este motivo tuve que viajar parado aproximadamente 40 minutos hasta la primer parada, la única a la que iban los dos trenes juntos antes de separarse, y debí bajar inmediatamente empujando a viejas, niñas y guardas de tren para subir a la formación correcta.
Ya en mi asiento, y al poco rato de arrancar el tren, se cruza Yolanda por el vagón. De haber sabido lo mal que había pasado las vacaciones y que acababan de agarrarla con su Carte 12-25 trucha (porque ella tiene 28), creo que me hubiera hecho el boludo. Pero en fin, tuvimos una conversación un tanto incómoda (para mí) durante aproximadamente una hora. Cuanto llegamos a Dunkerque, cada uno tomó su rumbo, yo me fui para mi habitacion/casa y ella para su estudio. Era el fin de las mejores y más largas vacaciones en Francia so far, y para mejor el tiempo había mejorado bastante con respecto al de hacía 20 días atrás.

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