No bien terminamos el almuerzo, Brice (el novio de Emma) y Charlie se fueron a las afueras de la ciudad a probar el Patator, mientras Emma y yo fuimos a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Rouen no es muy grande, pero hay tanta gente que da la sensación de serlo. Además, es una ciudad donde se combinan edificios de todo tipo. Desde las casas antiguas de madera, torcidas que parece que se van a caer al estilo Troyes, hasta edificios super modernos de vidrio como la facultad de derecho o el rectorado, pasando por casas de ladrillos bien sobrias y otras con decoraciones extravagantes. Está muy bien cuidada, tanto que uno diría que no es una ciudad estudiantil, pero definitivamente lo es (al estilo francés, claro). Recorrimos los negocios del centro caminando por la rue du Gros Horloge, vimos el Palais de Justice con los vestigios de los enfrentamientos durante la Segunda Guerra Mundial, la placita del Ecole de Beaux Arts, con sus grabados tétricos, la Mairie, la Catédral, varias iglesias, incluyendo una super super moderna, el muelle y parte del puerto, la Préfecture que es enorme, la facultad de derecho, el rectorado, etc.
Habremos caminado unas 3 horas o un poco más, cuando ya el sol bajó casi por completo y el frío fue intolerable. Volvimos a la casa apenas un rato antes que Charlie y Brice, hueveamos un par de horas (bueno, algunos se entretuvieron mirando El Zorro, que al parecer está haciendo furor entre grandes y chicos acá ¿Alguien se imagina El Zorro en francés? Yo no, por eso decidí no acompañarlos), y sólo cuando ya se había hecho bastante tarde, fuimos a la casa de Remi, otro de los amigos de Emma, para cenar. La gente era la misma que la noche anterior (tal vez en menor número), y es que acababan todos de terminar sus exámenes y predominaba el ambiente vacacional, incluso si ya había empezado el segundo semestre para algunos.
La espera de la cocción de la cena la piloteamos con un extraño juego en internet de adivinar la canción y el artista que están pasando, sólo que mi cultura de varieté française no es nada vasta para ser sincero. Cenamos alrededor de la 1 de la mañana, y no mucho después todos se estaban yendo, acto al que nos adherimos.
El domingo fue aún más tranquilo que el sábado. No desayunamos, sino que directamente empezamos a hacer el almuerzo. Primero el postre: un arroz con leche con receta de internet que incluía cocción en microondas, que más allá de su gusto terminó haciendo un enchastre en toda la cocina. Luego la comida: fideos con steak haché, igual que el día anterior. Mientras tanto, yo veía la final del Australian Open por internet, obviamente con la expectativa de que fuera el gran Roger el que se lo llevara. Lamentablemente dios TAMBIEN parece haberme borrado de su lista de MSN, Facebook, y bloqueado mi dirección de mail, porque no me dio bola.
Luego del almuerzo y una exhaustiva limpieza, guardé todas mis cosas en mi mochila y salí, junto con Brice y Emma rumbo al Muso de Antigüedades, aprovechando que era el primer domingo del mes, y por tanto la gratuidad de los museos nacionales para los estudiantes. Como en cualquier ciudad de Francia, el domingo Rouen estaba casi desierta, y el 90% de los negocios estaban cerrados. De todas formas, esta vez se comprendía un poco más por el frío que hacía, de hecho trayecto hasta el museo parecía enorme con esta temperatura que si no estaba bajo el cero, le pegaba en el palo.
Con algunos objetos encontrados en Rouen y sus cercanías que datan de la edad media y el renacimiento, y algunos otros traídos de Egipto, Roma y Grecia, el museo no es muy grande, pero sí bastante atractivo, por lo que nuestra visita de aproximadamente una hora no fue nada decepcionante. Duró casi el tiempo justo como para ir a la estación y despedirme de mis anfitriones, pero como no daba para caminar bajo el frío, decidimos pasar unos minutos por la casa de Remi, donde Charlie estaba copiando a su disco duro algunos capítulos más del Zorro. Nos quedamos hasta las 18.05, 9 minutos antes de que saliera mi tren. Cuando llegamos a la estación, me di cuenta del error que había sido llegar tan justo de tiempo: el tren estaba hasta las manos de gente, todas con valijas enormes. Por suerte, luego de despedirme de todos, y pasando por un par de vagones, pude encontrar un lugar donde sentarme.
El viaje de vuelta no tuvo nada de interesante (por suerte), excepto su duración, un tanto larga si tenemos en cuenta que en auto uno podría hacer Dunkerque-Rouen en unas dos horas y media, mientras yo tardé tres y media entre los dos trenes. Dunkerque me recibió con una leve nevada, que por suerte paró a las pocas cuadras de haber salido de la estación. Llegué a casa, puse todo en su lugar, internetié como es debido, y a eso de la 1.30 el sueño terminó por vencerme.

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