El jueves no fue un día demasiado cargado, así que decidí unirlo al relato del fin de semana.
Me desperté un tanto extrañado, y recién cuando empecé a tener noción de la vida y lo que me rodeaba me dí cuenta de por qué: France Info, en lugar de pasar las noticias de todas las mañanas, estaba pasando música. Música. LA radio francesa de noticias estaba pasando canción tras canción y nada de información. Instantáneamente recordé que estaba en medio de la primer huelga general contra el gobierno de Sarkozy. De todas formas, mis oídos no podían creer que hasta en la radio hicieran paro.
En el collège sólo tendría que hacer una hora de clases, y recién a las 14.30, pero al mismo tiempo tenía que hacer valer cada céntimo que había pagado para almorzar en el comedor, y eso incluía el almuerzo de ese día. Por lo tanto, después de un poco de tiempo, desayuno, y ducha, salí en mi bici hacia el colegio. Es increíble el ahorro de tiempo que una bicicleta (incluso vieja y un poco pesada) puede lograr. En lugar de tardar mis típicos 25-30 minutos, sólo me tomó 15 llegar a destino. Dejé mis cosas y fui al comedor, donde todo parecía bastante normal, a excepción del número de alumnos y de profesores, un tanto menor que habitualmente.
Después del almuerzo, llegó el momento de esperar pacientemente el comienzo de mi clase. En el medio llegó Evelyne, la profesora, para darme algunas directivas, como es su (ya bastante rompebolas) costumbre. Cuando llegó el momento, vinieron al aula que habían reservado para mí dos chicos y dos chicas, cuyo nivel de español se distribuía, prácticamente, de forma normal: un pibe que no cazaba una (no le entraba en la cabeza ni siquiera el hecho de que no estaba conjugando los verbos en las oraciones que escribía), dos con un nivel medio (que entendían la mayoría de las veces cuál era el error que les estaba marcando, aunque no eran excesivos), y una mina que, si acaso no tenía un buen nivel de español, por lo menos demostraba un uso de la razón bastante alto comparado no sólo a sus tres compañeros, sino al promedio de todos mis alumnos (incluídos los de Terminal).
Al finalizar la hora de clase, volví a reunirme con Evelyne, esta vez para ayudarla con un tema que no podía resolver y que a su juicio requería un nivel de español que no poseía, y también para darle de probar, a pedido suyo, un poco de mate. No sé si el hecho de que mi equipo de mate es digno de mi gusto por la bebida (o sea, demasiado pobre, de muy mala calidad), o alguna otra cosa más lograron que su experiencia matera fuera un completo desastre. De todas formas, no tardé mucho tiempo en darme cuenta (al llegar a Francia), que el mate no es para el paladar de cualquiera, mucho menos cuando son ya grandes, por lo que decidí no dárselo de probar a los chicos.
Volví a casa un poco tarde, justo para cuando empezaba la manifestación, por lo que decidí no volver a salir al frío de la calle. En su lugar, mandé un mensaje a Anita para saber si podía lavar mi ropa (mensaje que respondió unas 5 o 6 horas más tarde, por lo que no pude hacerlo), mientras veía el último capítulo de Lost y buscaba cosas tanto para el collège como para el lycée. A pesar de las pocas cosas para hacer que tenía, no me fui a dormir sino hasta la 1.30 de la mañana, a pesar de lo temprano que tendría que levantarme al día siguiente.
El viernes, sin embargo, no me desperté con la sensación de haber dormido poco, sino todo lo contrario. La falta de tiempo libre hasta que empezara la clase debe haber actuado sobre el inconsciente, porque la fiaca que había tenido durante el resto de la semana para levantarme no hizo acto de presencia.
Desayuné y me vestí rápido, y fui al liceo a encontrarme con Claudie. La muy zorra estuvo a punto de cancelarme la clase por un trabajo que les había dado a hacer, con lo cual la reserva del gabinete de computación hubiera sido completamente al pedo, pero por suerte me dio lugar a rechazar su propuesta, y al final los chicos pasaron alrededor de una hora escribiendo (o al menos intentando escribir) a un posible correspondant argentino. Pocas veces tuve que hacer tan poco esfuerzo en una clase, lástima que no pueda hacer esto con todos los estudiantes. Al sonar el timbre fui casi volando hacia mi aula para recibir a los Secondes de Virginie, sólo para darme cuenta de que me había olvidado la actividad que tenía preparada para hacer. Cuando volví, por suerte ya estaban todos sentados esperando, y no en la puerta como suelen hacer la mayoría (parece que ya logré instruir a algunos). Con algunos tropiezos al principio, la clase resultó finalmente exitosa, y mi fin de semana ya había comenzado.
Fui a casa a organizar un poco mis cosas para el viaje. Destino: Rouen, casa de Emma. Cuando todo estaba ya ordenado, volví al liceo a buscar algunas cosas que necesitaba para mis próximas clases, y luego a almorzar al comedor. Cuando terminé de comer, fui al departamento de las chicas a dejar mi ropa para lavar, mientras yo hacía tiempo en mi habitación, que se encontraba en un extraño estado de pulcritud que no quería cambiar. Volví alrededor de 40 minutos más tarde a buscar mi ropa, sólo que la presencia de gente en el departamento no estaba asegurada. Golpeé dos veces la puerta, y nadie contestó, pero no sé bien por qué decidí intentar entrar. No estaba cerrada, por lo que creí que lo habían hecho a propósito para que yo buscara mi ropa, que todavía se estaba lavando. Justo cuando estaba a punto de sacarla del lavarropas, empiezo a esuchar ruidos en el baño. Supuse que para quien se encontrara adentro no sería un agradable sopresa verme en su casa, y exactamente así fue: Anita se pegó el julepe de su vida, aunque por suerte no duró más que unos segundos. Finalmente salimos los dos: yo a colgar mi ropa, y ella a hacer sus siempre interminables trámites.
Luego de dejar mis cosas, salí para la estación para empezar lo que debían ser 4 horas de viaje. Digo debían estimado lector porque voy a hacerlo testigo del peor error que pude haber cometido desde que llegué a este país, de cuán pelotudo me sentí al darme cuenta de que lo había cometido, y de lo que tuve que hacer para “remediarlo”. Le sugiero que se busque un mapa relativamente detallado de Francia, pero como imagino que no lo tendrá, voy a ayudarlo pegando algunas imágenes de mi recorrido en tren, tramo a tramo, visto según Google Earth.
La primera hora y media de viaje fue bastante buena en el TGV hasta Arras, a pesar de que la mina que se sentó frente a mí (si, otra vez me tocó uno de esos asientos que van enfrentados a otros, sólo que por suerte esta vez el otro estaba en diagonal) tenía uno de esos comunes problemas de sordera que hace a la gente escuchar la música a un volumen tal que uno no tiene problemas en saber qué está escuchando el otro.......a un vagón de distancia más o menos. Para peor, la mina era fea como ella sola, de esas personas que tienen una extraña cara de asco, como si fueran demasiado para este mundo (porque parece que todo les repugna). De todas formas, comparado a lo que iba a venir, esto no fue absolutamente nada, un poquito de mala suerte nada más.
El problema surgió cuando llegué a Arras. Tenía 45 minutos de espera, tiempo suficiente (creí) para salir, buscar un Banque Populaire, sacar plata del cajero, buscar un supermercado y comprar algo para comer, pues ya empezaba a tener hambre (para ese entonces hacía unas 4 horas que no comía nada, y podrían llegar a ser 7 si no aprovechaba esta parada). Ese fue una parte de mi error, porque pasé al lado de unos 4 o 5 cajeros, todos de diferentes bancos, y mi maldita costumbre argentina de sacar plata de mi banco para evitar las comisiones de sacar plata de otros (que acá, en realidad, son casi nulas). La otra parte de mi error fue creer que mi sentido de la orientación había (vaya a saber uno por qué) mejorado en estos últimos tiempos, y que la posibilidad de perderme era baja ¿El resultado de esta atroz combinación de tacañería (o judaísmo, llámenlo como quieran) y exceso de confianza? Unos 25 minutos antes de que mi tren saliera estaba completamente perdido y, recién cuando decidí preguntarle a un policía, me di cuenta de que estaba bien lejos de la estación, y a pesar de haber corrido en la dirección que me indicó el buen “flic” (con los aproximadamente 5 o 6 kilos que llevaba en la espalda), no pude encontrarla sino hasta 5 minutos después de que el tren hubiera salido. Esto podría no haber sido un problema muy grave de no ser por dos cosas: Emma iba a recibirme en Rouen, y no tenía celular como para avisarle de mi retraso y (más importante aún), en el punto de información de la estación me dicen que ese era el último tren del día hacia esa ciudad. Me dieron dos opciones: esperar al día siguiente (lo que hubiera implicado probablemente buscar un lugar para dormir), o tomarme un tren a Amiens, desde donde (aparentemente) salía otro hacia Rouen. Por suerte había traído conmigo la computadora, y por suerte también pude robar internet de alguno de los escasos accesos desprotegidos que tienen las redes hogareñas en Francia para mandarle a Emma un mail avisándole del problema. A pesar de que el horario del tren que me habían dado no era el correcto, sí había uno con destino a Amiens, y como no requería cambiar mi boleto ni nada por el estilo, decidí tomarlo. Por ende, lo que debía ser un viaje Dunkerque-Arras-Rouen se había convertido en Dunkerque-Arras-Amiens-Rouen.
Con un aspecto de semi abandono y unas pinturas de temáticas alegres, pero demasiado oscuras para mi gusto, me encontré en Amiens con una de las estaciones de tren más feas que vi en toda mi estadía en Francia. No sé si decir por suerte, pero bueno, como premio consuelo al menos, no pasé mucho tiempo allí: en el punto de información me dicen que no hay tal tren a Rouen, y que las dos únicas soluciones que tengo (maldición, odio este tipo de “elige tu propia aventura”) son quedarme ahí hasta la salida del próximo tren, alrededor de las 10 de la mañana del sábado, o ir hasta París, llegar a la Gare du Nord, tomarme el RER desde la Gare Magenta a la Gare Saint-Lazare, y de ahí otro tren que llegaba a Rouen a las 23. La segunda era una opción arriesgada, requería un esfuerzo demasiado alto para lo que habían probado ser mis capacidades de viaje hasta ese momento, pero me negaba rotundamente a pasar una noche en esa ciudad, teniendo en cuenta que hasta ahora las ciudades francesas presentan una belleza directamente proporcional a la de sus estaciones de tren. Entonces, lo que inicialmente debía ser un viaje Dunkerque-Arras-Rouen, se había convertido en Dunkerque-Arras-Amiens-Paris-Rouen, y en lugar de las 4 horas iniciales, su duración sería de 7.
Lloré un poco para que me dejaran usar el boleto de tren que había comprado originalmente para este nuevo viaje, que nada tenía que ver. Ya con mi permiso sellado subí al primer tren, y esperé pacientemente la llegada a Paris. En el medio me llamó Emma que, demasiado inteligentemente, había visto los horarios y se había dado cuenta que el horario de llegada que le había dado no existía, y que estaba tomando el tren hacia Paris. La noticia fue doblemente buena, porque ahora tenía un número para avisarle cuando llegara, si es que finalmente llegaba.
Arribo a Paris, e instantáneamente empizo a buscar la Gare Magenta, que por suerte está muy bien señalizada. Realmente es una muy linda estación, en marmol y madera, bien cuidada y sin el típico olor a mierda del metro parisino, si hubiera tenido algo de tiempo habría sacado un par de fotos. Lamentablemente en el metro y RER de Paris no hay forma de colarse, así que el viaje de unos 5 minutos me costó dolorosos 1,6€ (¿y ustedes se quejan del subte, porteños boludos? jajajajaj). Llegué a Saint-Lazare, pero para encontrar precisamente los andenes tuve que caminar tanto que temí perder el tren, que para ese entonces salía en unos 8-10 minutos. A pesar de haberlo encontrado a tiempo, quise asegurarme que no tendría problemas con mi boleto, con lo que fui al Accueil (que en esta grandiosa ciudad SI está abierto toda la noche), pero el tipo me dio tantas, pero tantas vueltas que nuevamente temí perder el tren, por lo que le arrebaté el boleto de la mano, se lo presenté al guarda del tren y subí. Listo, todo estaba "solucionado".
Al llegar a Rouen me encontré con una de las estaciones más lindas que había visto hasta el momento, iluminada, con lindas pinturas, y con gente circulando. También me encontré con que Emma no estaba (cosa extraña, porque durante el viaje le había escrito un mensaje para anunciarle que había podido tomar el tren y que llegaría a la hora "prevista"), por lo que la llamé sólo para enterarme que acababa de ver el mensaje. Me indicó la forma de ir hasta su casa y yo, con bastante miedo por el problema de orientación que había tenido hacía sólo un par de horas, decidí intentar seguir sus instrucciones. Finalmente nos encontramos a un par de cuadras de su departamento, subimos, y me encuentro con unas 15 personas que estaban festejando el cumpleaños de su coloc Charlie, quien estaba chocho de la vida con uno de sus regalos: el Patator, o lanza papas. Verán, esta gente estudia en el Insa, una universidad de ingeniería donde los convierten en asesinos en potencia con todos los conocimientos de química y física que les dan.
Mi aguante luego de esta tarde adrenalínica llegó sólo hasta las dos y media de la mañana. El otro coloc de Emma, Maël, se había ido a su casa, por lo que su habitación estaba disponible para mí, y poco después de tirarme en la cama ya había caído en un sueño más que profundo.




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