Jueves, primer día de clases en el collège. Salgo alrededor de las 9.30 en medio de la niebla y una manifestación de estudiantes del liceo, y llego alrededor de una hora antes para hablar con Morgane sobre las cosas que vamos a hacer este día y los próximos a venir. Poco después empiezan mis horas de clase. Con el almuerzo en el medio (con tiempo suficiente para descansar y contar sobre sendas vacaciones), la jornada se hace demasiado poco pesada, y sin darme cuenta ya he realizado 8 de mis 9 horas de clase de la semana. Antes de volver a casa, doy una vuelta por los negocios para ver si puedo conseguir algo de lo que me proponía comprar para la familia a buen precio, pero la misión no pudo ser cumplida por falta de ofertas suficientemente buenas (¿dónde está la crisis de consumo carajo?). Llego a casa y me enfrento a la cruda realidad de no tener internet, asi que paso mis horas entre mi libro y la radio, que redescubro como pasatiempo y a la vez me hace sentir teletransportado a los años previos a la aparición de la caja boba. Asi pasan las horas, con la cena en el medio, hasta que se hace tiempo de dormir.
El viernes la clase con los alumnos de Virginie pasó a toda velocidad, con lo que mi fin de semana ya había empezado. Esperé la hora del almuerzo, fui a comer y a los pocos minutos ya había comenzado mi caminata hacia Decathlon, que queda en Grand Synthe, a unos 4 o 5 kilómetros de Dunkerque. Luego de pasar un par de horas ahi, donde tuve que hacer una compra obligatoria de zapatillas pues las mías ya estaban hechas añicos. Volví a la ciudad alrededor de las 4 de la tarde, e inmediatamente luego de entrar a la habitación tuve que volver a salir en busca de cordones para suplir aquellos de mis otras zapatillas, que, oh casualidad, se habían roto también.
A la vuelta me encontré con Anita y Yolanda, que habían ido a tomar un café, y Yolanda debía ir a la óptica a hacer arreglar sus anteojos. Sin ser el más indicado para este tipo de comentarios, puedo afirmar que realmente necesitaba que le arreglaran sus anteojos, pues la pobre no veía los autos que le pasaban por al lado, su vida corría verdadero peligro.
Seguí camino a casa junto con Anita, quien me comentó que probablemente irían al Bommel esa noche. Era un plan bastante interesante, teniendo en cuenta que no había pensado en absolutamente nada para todo el fin de semana (nuevo error de 2009, creo que ya vamos 3 o 4 y sólo estábamos a 9 de enero). Decidí entonces ir, luego de descansar e ir a cenar.
Como durante toda la semana, hacía un frío de cagarse en la ciudad, y la noche no hizo más que intensificarlo. Caminamos lo más rápido que podíamos, Nathalie, Anita y yo. A media cuadra del bar nos encontramos con Katharina, quien venía sola porque McKenzie (sí, es un nombre...) estaba enferma. Entramos al bar y, extrañamente, había una mesa libre en la que entrábamos todos. Poco después llegó Danielle, y con el tiempo empezaron a caer personas más o menos conocidas: Alexandre el Dunkerquois simpático, los irlandeses, Lucia la alemana drogona, etc., etc. De todas formas, apenas después de las 12 di por finalizada mi noche en el bar, con una ingesta récord de la semana de sólo un vaso de cerveza. A la vuelta el frío era aún menos soportable que a la ida, así que intenté apurar el paso, pero Anita no parecía tener mucho interés en seguirme, así que fue en vano. Llegué a casa cagado de frío y me tiré rápidamente en la cama a disfrutar de lo que sería un altamente embolante fin de semana.
Iba a postear el finde en otra entrada, pero la verdad es que hice tan pocas cosas que no tiene sentido. Básicamente el sábado salí por la mañana a hacer las compras pertinentes del fin de semana (comida, que le dicen), e internetear un rato en el liceo, aprovechando que hay pocos profesores, y luego pasé todo el santo día con el libro y la radio.
El domingo pensaba hacer exactamente lo mismo, pero por suerte poco después del mediodía Yolanda llamó para salir a tomar un café por la playa. Para mi sorpresa, había bastante gente por la playa, y el día no era tan frío como yo pensaba. Finalmente Yolanda más que tomar un café quería hacer catarsis y yo, lejos de detenerla, me uní a lo que fue alrededor de 1 hora de tirar mierda contra absolutamente todo lo que nos rodeaba: Dunkerque, Francia, los profesores, el programa de asistentes, y no me extrañiaría que la lista siguiera. Al terminar ya se había hecho tarde, así que decidimos volver cada uno a su casa.
Al llegar, encontré a mi vecina Karine para mi agrado, pues tuve la posibilidad de decirle que hacía una semana que no podía hacer uso de su conexión a internet, con lo que amablemente me invitó a su casa a restablecer la red. Así fue como, alrededor de las 10 de la noche del domingo, internet volvió al hogar y mi nivel de felicidad aumentó sensiblemente, poco antes de irme a dormir y empezar una nueva semana de clases.
Hace 11 años

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